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José García Domínguez

Las siete plagas de Montilla

De ahí otra verdad incómoda, a saber, que el 64,5% del censo, es decir la más decisiva, aplastante y demoledora de las mayorías absolutas no accedió a ratificar ese papel que ahora presumen sagrado merced a su pretendida legitimación popular.

José García Domínguez
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Hay como un déjà vu tedioso en ese ostentóreo alarde testicular de los machos alfa del catalanismo a cuenta de la sentencia del Estatut. Así, advierte el consorte de la de los quince momios que caerán sobre "Madrit" las siete plagas de Egipto si el Tribunal no se pliega a su muy soberano capricho. Amenazan los sirleros del Palau de la Música con la peste negra. Hierático, anuncia el Apocalipsis el cuate de Ternera en caso de que los magistrados diesen en imitar su mismo proceder, votando contra el cambalache. Gallea el antisistema de Dolce & Gabanna, exigiendo el "cese voluntario", valga el oxímoron, de los togados del Constitucional. Atiza, en fin, las brasas de la santa ira identitaria la prensa doméstica, llamando a la yihad con calçots a la brasa si se modifica una coma de aquel redactado que alumbró Alfonso Guerra en la Comisión Constitucional. Todo ful. Como siempre, por lo demás.

Y es que si el Alto Tribunal "tumba" el Estatut, según el agreste decir de Montilla, lo único que va a pasar es que no va a pasar nada. Igual que nada pasó tras ordenar la Justicia que se colocara en su sitio, es decir extramuros de la Ley, a Batasuna, pese a los siniestros augurios de los oráculos abertzales. ¿Acaso recuerda alguien, por lo demás, aquella terrible lluvia de fuego y azufre que demolería los cimientos de Estado si se impidiera cometer el Plan Ibarretxe? Por cierto, ¿qué se fizo el Rey don Juanjo? Los infantes de Euskal Herria, ¿qué se fizieron? ¿Qué fue de tanto galán? ¿Qué de tanta invención como truxieron?

Lo dicho: nada de nada de nada. Repárese al respecto en la aritmética de la desolación oculta tras toda esa charlatanería histriónica de los catalanistas. Porque ni siquiera la mitad de los catalanes con derecho al voto acudimos a las urnas el día de autos. Ni la mitad. Y ello, por la prosaica razón de que el Estatut no le importa una higa a nadie. De ahí otra verdad incómoda, a saber, que el 64,5% del censo, es decir la más decisiva, aplastante y demoledora de las mayorías absolutas no accedió a ratificar ese papel que ahora presumen sagrado merced a su pretendida legitimación popular. Qué cruz: aburren a las ovejas.

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