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José García Domínguez

Los bufones de palacio

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En una carta de Michel Revel dirigida a su hermano Jean-François, leemos: “¿No te asombra que se haya logrado crear, doscientos años después de la Revolución, una sociedad idéntica a la del Antiguo Régimen? La Administración de alto rango equivale a la nobleza de corte, los funcionarios a la baja nobleza, los subvencionados culturales al clero, los grandes empresarios a los financieros, los profesionales liberales a los togados, y los asalariados del sector privado al tercer estado. Con las mismas tensiones y la misma esclerosis, pero con menor espíritu y elegancia.” En tres líneas, un retrato casi perfecto de la gran paradoja de la socialdemocracia europea. Casi. Porque para ilustrar la anestesia moral que inocula en las sociedades que parasita, únicamente cabría haber añadido: “Leen a Tocqueville pero, no te engañes, sólo por buscar en sus páginas el rastro de Luis XV”.
 
Y toda corte que se precie requiere su coro de bufones. De Gaulle inventó el Ministerio de Cultura para que Malraux lo entretuviera haciendo el avión por los pasillos del Eliseo. Aquí, la egabrense que imita su oficio prefiere que el trabajo lo hagan otros. De ahí que esté buscando la manera de financiar a los saltimbanquis que habrán de esmerarse en que no se desdibuje la sonrisa del Don Tancredo que habita La Moncloa. La fórmula, anuncian, será castigarnos a los aficionados al cine americano, es decir, a los aficionados al cine a costear una gabela con la que dar de comer a los graciosos de Palacio.
 
Al final, como siempre, el asunto se resolverá con algunos centenares de parásitos más viviendo del Presupuesto. Nada hay, pues, en el empeño de la ministra que sea particularmente novedoso ni extraño. Pilar Bardem no dejará de ser actriz mediocre por sobreactuar con cargo a los que no queremos verla, porque eso no tiene remedio. Y Almodóvar conservará el talento cinematográfico ya que ese don, al igual que el resentimiento social, no es incompatible con el dinero, venga de donde venga. Así, ad infinitud todo seguirá igual. Nadie lo ignora. A nadie importa.
 
En cuanto a ellos, durante trece largos años no encontraron motivos. Ahora, tampoco. Nada les inquietó entonces el olor a plomo en los despachos del Ministerio del Interior, y menos les turba hoy el hedor pestilente que emana de las cárceles del Tripartito. Ya no hay motivo. Ni lo volverá a haber mientras circule el dinero. Los cien mil hijos de San Luis han hecho bien el trabajo, y esperan impacientes delante de la caja. Exigen su parte del botín. “La merecen”, razona Calvo. Tiene razón. Sin ellos, sin su entrega a la causa y ardor fiero en el combate hubiera sido mucho más difícil doblegar la revuelta. Hay que pagar su soldada, es de justicia. Los cómicos empujaron más que nadie para que se restaurase viejo orden. Es lógico que a nosotros, el tercer estado, se nos imponga el correctivo de mantenerlos eternamente. Será la mejor manera de recordarnos a los vencidos que se acabó el sueño liberal.

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