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José García Domínguez

Los Jemeres de Puigdemont y el complot de Garraf

Los pequeños polpotianos de Puigdemont, nuestros hiperactivos payeses asilvestrados, no soportan los trenes.

José García Domínguez
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Los pequeños polpotianos de Puigdemont, nuestros hiperactivos payeses asilvestrados, no soportan los trenes.
Puigdemont en el Parlamento Europeo. | EFE

Es sabido que a los Jemeres Rojos de Pol Pot, aquel oscuro estudiante de formación profesional (era electricista) fanatizado en el París de los charlatanes iconoclastas de La Sorbona, cuando Lacan, Althusser, Foucault y demás ralea, no les gustaban nada las gafas graduadas, las de leer. Al punto de que, justo tras tomar el poder en Camboya, una de las directrices urgentes del Partido contenía la orden de detener y encarcelar, los pasos previos a una segura ejecución sumaria, a cuantos habitantes de las ciudades fueran descubiertos con ese tipo de gafas en su poder. Y a los pequeños polpotianos de Puigdemont, nuestros hiperactivos payeses asilvestrados, les ocurre algo muy parecido con los trenes. No soportan los trenes, esas máquinas infernales que rompen la ancestral armonía silente de los campos, espantando al ganado a su ruidoso paso. Y de ahí su afición ancestral a los sabotajes ferroviarios. Ancestral, sí. Porque lo de los separatistas catalanes y los trenes viene ya de muy atrás. De tan atrás como 1925, cuando un grupo de dirigentes del partido de Francesc Macià, el Estat Català, intentó cuatro veces seguidas, cuatro, volar el tren utilizado por Alfonso XIII para viajar a Barcelona. La primera quisieron colocar una bomba en el túnel de Garraf, pero no fueron capaces de levantar la vía para colocar debajo el explosivo, así que lo dejaron correr. La segunda falló porque perdieron a su vez el tren en Barcelona y no pudieron llegar a Garraf. La tercera volvió a fallar porque, al acercarse al túnel, observaron que había algunos guardias civiles por las cercanías y les entró miedo, con lo que abandonaron la bomba entre los matorrales y huyeron corriendo.

A la cuarta tendría que ir, pensaban, la vencida. Y es que los jefes catalanistas consiguieron convencer a un chaval de apenas veinte años cumplidos, cierto Jaume Julià, para que le lanzara la bomba al monarca cuando pasease por las Ramblas camino del Liceo. Pero el padre del chaval se enteró del encargo recibido por el hijo y lo encerró en su habitación durante todo el día, con lo que el magnicidio se volvió a frustrar. La quinta, en fin, volvieron a pensar en el tren. Sería en el mismo sitio, el túnel del Garraf, si bien en el viaje de vuelta del soberano. Por una vez lograron ser puntuales y no perdieron el cercanías, así que la Benemérita los pudo detener a todos una vez llegados al Garraf. El confidente infiltrado se llamaba Joan Terrés. Por lo demás, la detención del comando obligó al partido de Macià a nombrar un nuevo jefe de operaciones terroristas. El designado entonces fue un joven llamado Josep Maria Batista i Roca, que hoy tiene una estatua dedicada en el barrio de Les Corts de Barcelona (Les Corts, clase media-alta autóctona y votante de la derecha catalanista). Josep Maria Batista i Roca, la misma persona que, muchos años después, cuando la Transición, ordenó los asesinatos de Bultó y Viola por medio de bombas adosadas al pecho. La estatua, financiada por suscripción popular, se erigió siendo Pasqual Maragall alcalde de la ciudad.

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