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Los musulmanes no son terroristas

El 99,999999999% de los musulmanes no tiene la menor intención de adelantar su paso al otro colocándose un chaleco cargado de explosivos.

José García Domínguez
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Una imagen de archivo, de un grupo de fieles musulmanes, durante un rezo.

Un dato estadístico, la religión del profeta Mahoma es la mayoritaria en el mundo, seguida a cierta distancia por el catolicismo romano. Fiel arriba, fiel abajo, en torno a unos 1.300 millones de habitantes del planeta creen que hay un único dios y que su nombre es Alá. Expresado en porcentajes, el 19,2% de la población de la Tierra tiene al Corán por libro sagrado (por su parte, los católicos rondan el 17,4 % del censo humano, unos 1.130 millones de almas, concentrándose la mitad de ellos en el continente americano). La fuente de esas cifras, por cierto, no parece sospechosa. Son números divulgados por L´Osservatore Romano, el portavoz oficial del Vaticano, en base a los resultados del Anuario Pontificio. Otro dato estadístico: el 99,999999999% de los musulmanes que habitan este mundo no tienen la menor intención de adelantar su paso al otro colocándose un chaleco cargado de explosivos para hacerlo explotar en alguna vía pública. Y ello, entre otras poderosas razones, porque la del sacrificio humano no forma parte de las tradiciones canónicas islámicas.

La glorificación de la muerte por sí misma, lejos de representar un elemento propio de la obediencia coránica, es algo que los jihadistas contemporáneos, al igual que los kamikaze japoneses de cuando la Segunda Guerra Mundial, han asimilado de Occidente. La idea de que terroristas que actuasen por libre pudieran acceder al paraíso tras haber asesinado a decenas de civiles desarmados y residentes a miles de kilómetros del campo de batalla es algo que habría horrorizado a cualquier musulmán devoto, e igual daría que fuese suní y shií, de cualquier tiempo pasado. Eso constituye una novedad doctrinal por entero moderna. Tomando la anécdota por categoría, se suele apelar a la célebre secta suicida de los Asesinos, la que que actuó en Siria durante la Edad Media, para tratar de refutar la evidencia histórica. Sin embargo, tiende a olvidarse que aquella cofradía criminal se extinguió tan pronto como en el siglo XIII, tras ser aplastada por los ejércitos mongoles. El culto a la muerte que impulsó a los pilotos japoneses que se lanzaban contra los portaaviones norteamericanos también tenía muchos más vínculos con ciertas ideas occidentales mal asimiladas que con su propia tradición nacional.

A fin de cuentas, el desprecio por los valores burgueses y mercantiles del Occidente liberal y capitalista remite al núcleo mismo de la propia cultura de Occidente. Un desprecio que, llevado al extremo, se manifiesta en la glorificación romántica de la muerte heroica. No por casualidad entre los kamikaze, la mayoría estudiantes o graduados en Humanidades, había muchos lectores Kierkegaard, de Schiller, de Hesse y de Gide (se sabe por las cartas que dejaron escritas). De modo parejo, ciertos autores reaccionarios europeos de principios del siglo XX, muy en especial dos alemanes, Jünger y el sociólogo Sombart, han tenido influencia profunda entre los artífices intelectuales de la ideología jihadista, lo que terminaría dando lugar a un cóctel literalmente explosivo. Por cierto, ejemplos de culto necrófilo, los que se desarrollaron entre las capas ilustradas de Japón y Alemania en el primer tercio del XX, que, contra lo que dicta el tópico en boga a estas horas, floreció en un contexto de gran sofisticación cultural, tecnológica e industrial. Pero, en fin, como dijo Pla, siempre es mucho más fácil juzgar que comprender.

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