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José García Domínguez

Los pilares de la tierra

Ignacio Villa no sabe lo que ha hecho. ¡Contrariar al titán sobre el que van a reposar los nuevos pilares de la Tierra! Que Carnicero lo coja confesado.

Es inevitable, cada vez que uno escucha a Curro Moratinos vertiendo acusaciones siente la necesidad imperiosa de revisar todos sus prejuicios frente a la obra de Darwin. Sin embargo, en pocas cancillerías del Mundo dudan ya de que esa figura esté llamada a pasar a la Historia con mayúsculas. Y es que su hálito prometeico ha logrado que la Tercera Vía dejara de ser aquella quimera ilusoria de la que tantos descreídos se burlaran.
 
Otros espíritus iluminados por la gracia divina la soñaron antes. Así, Gandhi, Tito y Nasser dedicarían al empeño la vida entera, mas fracasaron. Idi Amín Dadá, el último de los grandes precursores intelectuales del proyecto, sería quien más cerca estuviese de materializarlo. Y si no lo logró fue porque entre él y la Gloria se interpuso el pecado de la gula: andados casi todos los pasos para alcanzar esa utopía, un día le dio por comerse a su ministro de Exteriores. Habrá que rendirse, pues, a la evidencia: en el libro del Cosmos estaba escrito que habría de ser el nuevo Kant, nuestro Curro, el único llamado a empuñar la ansiada antorcha multilateralista de la justicia universal.
 
Por modestia, que no por vanidad, el arquitecto de la Nueva Jerusalén de la diplomacia ha querido demorarse siete meses en consumar tan magna obra; aunque en su fuero interno sabe que siete días le hubieran sobrado. En cualquier caso, con prisas o con pausas, ese Ulises redivivo, ese Tayllerand de Rodríguez, puede presumir hoy con orgullo de la hazaña. Porque el Movimiento de los No Civilizados es ahora mismo una realidad palpable. Al fin, ha emergido un nuevo gran actor determinante en el escenario global, un poderoso polo que ya imanta la alteración radical de la correlación de fuerzas en el planeta. Ahí es nada: las Brigadas de los Mártires de las Cuentas Suizas de Arafat, los Comités de Defensa de la Revolución de Castro –la gran cofradía de las porteras habaneras con licencia para matar–, los Círculos Bolivarianos de ese coronel que tiene a Curro para que le escriba –él es ágrafo–, y un estalinista que a saber cómo se debe llamar, pero que es el que manda en Mongolia.
 
El pobre Graham Greene se quedó sin el Nobel porque esos carcamales de la Academia sueca encontraban inverosímil aquella idea visionaria de una "tercera fuerza" que noveló enEl americano impasible. Eran otros tiempos, y nadie en el mundo podía imaginar que algún día surgiría de la nada todo un Curro Moratinos. Ignacio Villa no sabe lo que ha hecho. ¡Contrariar al titán sobre el que van a reposar los nuevos pilares de la Tierra! Que Carnicero lo coja confesado.

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