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Los separatistas aún pueden ganar

Si el Estado, después de todo lo ocurrido, les consintiera ese final corte de mangas, entonces sí que podría dar por perdida Cataluña.

José García Domínguez
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El golpista Carles Puigdemont | EFE

El periódico propiedad del mismo Grande de España en cuya emisora radiofónica se ha informado esta semana pasada a la audiencia de que "diez mil ratas" procedentes de las bodegas del crucero Piolín están recluidas en el puerto de Barcelona, por más señas la antigua Vanguardia Española, publicó el domingo último un editorial con el nada equívoco título de "Saque las urnas, president". Un título que, acaso por esa costumbre local de cometer editoriales conjuntos, vino a coincidir con el de la pieza que el director de El Periódico de Catalunya, el otro vocero canónico de las fuerzas vivas del país petit, envió a la imprenta el mismo día. Y es que si Napoleón era un loco que se creía Napoleón, ese pobre diablo que ahora mora recluido en la Plaza de San Jaime, Puigdemont, no es más que un simple que se ha llegado a creer que la inmensa red clientelar sobre la que se asienta la ubicua escenografía callejera del golpe es algo que se podría mantener sin el mágico lubricante del dinero público. El problema de nuestro iluminado de comarcas es que ha terminado comprando su propia propaganda. Pero resulta que únicamente él la ha comprado. Él y solo él.

Porque ni el Grande, ni el hijo bienamando del Grande, ni los Carulla, ni los Rodés, ni los Lara ni ninguna de las grandes fortunas locales que llevan décadas jugando a la puta y a la Ramoneta, facilitando la agitación separatista en Barcelona y al mismo tiempo pasando en cazo en Madrid, se creen ese pueril cuento de hadas. Decía un cromañón de la ETA, uno cuyo alias no recuerdo ahora, que aquello, el País Vasco, volvería a ser España en un par de semanas si sus pistolas no siguieran segando vidas. Y aquí, en Cataluña, ocurre algo similar: sin la máquina de lavar cerebros de las madrasas de la Generalitat, sin los medios de comunicación del Movimiento funcionando a toda máquina durante las veinticuatro horas del día, y sin los centenares de chiringuitos insurreccionales financiados con cargo al Erario, esto volvería a parecer un sitio normal de la Europa civilizada en cuestión de meses. Por eso los que dentro de la sala de máquinas de la asonada todavía conservan la cabeza encima de los hombros, el cínico Mas por ejemplo, son tan sabedores de que perder ahora el control de la Generalitat significaría perder la partida.

Y tratar de evitarlo es algo que todavía estará a su alcance, al menos, durante la próxima semana. Así, postrera burla al Estado ingeniada por Mas y su entorno, la idea que ahora mismo estarían tratando –con prisas y a la desesperada– de injertar en la cabeza de chorlito de Puigdemont pasaría por otra ininteligible proclamación cantinflesca de la independencia catalana. Un trabalenguas marca de la casa que diese paso de inmediato al anuncio formal y solemne de unas elecciones "constituyentes" de la República. En la práctica, unos comicios autonómicos vulgares y corrientes que les sirvieran para eludir el 155 en el último segundo, pero rodeados del boato escénico y la charlatanería apocalíptica e iconoclasta necesarios para seguir manteniendo hiperventilada a su base electoral. Si consiguen persuadir finalmente al chalado, lo que van a intentar es eso. Pero si el Estado, después de todo lo ocurrido, les consintiera ese final corte de mangas, entonces sí que podría dar por perdida Cataluña. El efecto de una claudicación semejante resultaría tan demoledor para los cientos de miles de catalanes leales a España, resultaría tan desmovilizador para ellos, que la derrota del constitucionalismo estaría garantizada, ahora sí, desde mucho antes de abrir las urnas. Como diría Talleyrand, sería mucho peor que un crimen: sería un imperdonable error. Veremos.

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