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José García Domínguez

Manos mercenarias

Nos ha tocado en gracia una intelligentsia que, como recordaba hoy José María Marco en El Mundo, se avergüenza y reniega de la tradición española.

Leo el último ensayo del historiador más capaz de la izquierda, un hombre que emplea su talento en intentar demostrar que España es una invención de hace cuatro días. No es tarea sencilla: nuestro personaje necesita llenar setecientas páginas para cocinar un conjuro contra lo que tiene por fantasía decimonónica. En el camino, dedica medio libro a persuadir al lector de que el levantamiento del Dos de Mayo no fue inspirado por espíritu patriótico alguno. Después, llega a la Constitución de 1812. Y reproduce este fragmento:
 
"El Estado, no menos que soldados que le defiendan, necesita de ciudadanos que ilustren a la nación y promuevan su felicidad con todo género de luces y conocimientos. Así que uno de los primeros cuidados que deben ocupar a los representantes de un pueblo grande y generoso es la educación pública. Ésta ha de ser general y uniforme. Para que el carácter sea nacional, para que el espíritu público pueda dirigirse al grande objeto de formar verdaderos españoles, hombres de bien y amantes de su patria, es preciso que no quede confiada la dirección de la enseñanza pública en manos mercenarias."
 
A continuación, el catedrático madrileño destina el resto del tratado a su único afán: seguir argumentando el carácter ficticio de la nación española. La mayoría de nuestra elite intelectual es así. Nos ha tocado en gracia una intelligentsia que, como recordaba hoy José María Marco en El Mundo, se avergüenza y reniega de la tradición española. Ésa es nuestra penitencia. Y para compensarlo, hemos renunciado a tener una educación nacional. Ésa será nuestra responsabilidad histórica.
 
Si Francia existe hoy es porque se construyó en la escuela francesa. E Italia se hizo antes de que hubiera italianos (llegaron después, cuando se crearon en las aulas). Aquí, ocurre al revés: todavía hay españoles pero, poco a poco, se va deconstruyendo España en los pupitres. Durante el último cuarto de siglo, la gran obsesión de la progresía que se dice ilustrada ha sido destruir el espíritu de aquella constitución. Los impulsa enterrar en el olvido a los hombres que se encerraron en una iglesia de Cádiz para sacar a España de la Edad Media. Y, al final, lo están logrando.
 
Frente a lo que se cree habitualmente, la Revolución Cultural china fue una revuelta de los ignorantes contra los que sabían. Niños y adolescentes, convenientemente fanatizados, se lanzaron armados de palos y cuchillos a por los profesores y las capas cultas de la sociedad. Aquello se gestó en los patios de los colegios. Como la kale borroka. Este agosto, al tiempo que los eruditos debaten sobre la identidad de España, el defensor del pueblo vasco prohíbe a la policía desmantelar los arsenales que se ocultan en los centros educativos. Los imberbes de las ikastolas no saben quién fue Fernando VII, pero están con él. Y gritan a coro el vivan las caenas de la aldea que ahora se enseña en las clases… de toda España. Su alegre rebuzno representa el triunfo de las manos mercenarias que denunciaban los constituyentes de 1812. De esas manos y plumas que, al igual que Mao con su librito rojo, han demostrado que saben hacer su trabajo.

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