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José García Domínguez

Mariano tenía que llamarse

Lo intolerable para el Ejecutivo y sus encuestas no ha sido la prevaricación latente en la famosa escena de caza, sino la escena misma. El hecho cinegético en sí, que diría el difunto.

José García Domínguez
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Si en algo ha de servir a Zapatero el chusco vodevil del no menos chusco Bermejo será para ocultar su personal e intransferible torpeza en el diseño de la Operación Gürtel. Pifia imperdonable tratándose, como es el caso, de un perito en esas pequeñas zorrerías tan propias de los gobernantes menores. Y es que fue de una candidez rayana en lo pueril por su parte creer que el circo ambulante de Garzón iba a resolverle la papeleta electoral gallega (el objetivo del PSOE en el País Vasco es el de toda la vida: que gane el PNV).

Presuntos o presentes, aquí, el trinque, la sirla, el birle y la rapiña salen gratis total en las urnas. Siempre. Vengan de las zahúrdas que vengan y vayan a los morrales que vayan. Qué le vamos a hacer, España es así. ¿Qué otra cosa cabría esperar de un país que ha elevado a los altares laicos de la devoción popular a personajes como Julián Muñoz, Mario Conde, El Dioni o Jesús Gil? Parece mentira que a estas alturas del Holoceno Zapatero aún no haya entendido eso.

Son fallos de percepción que, por lo demás, comparte el presidente con la oposición. Pues también yerra el PP, y mucho, al suponer que el compadreo montaraz entre la estrella y el estrellado ha activado algún arcano resorte ético en la sociedad. Nada más lejos de lo cierto. No hay que llamarse a engaño: el juicio sumarísimo al ex ministro y su condena inapelable se han apoyado en supuestos punibles de orden meramente estético. Lo intolerable para el Ejecutivo y sus encuestas no ha sido la prevaricación latente en la famosa escena de caza, sino la escena misma. El hecho cinegético en sí, que diría el difunto.

Desengañémonos, con Bermejo no ha acabado ni la Prensa, ni el Código de Buen Gobierno, ni las invectivas de Rajoy, ni tampoco la evidencia gráfica de una impúdica promiscuidad entre juez y parte. Quien lo ha tumbado ha sido determinada plástica, cierta liturgia grupal, esa imaginería coral, la de la escena toda de la montería, que resulta indigesta a la sensibilidad de la izquierda. En realidad, su problema no fue burlar la aduana de Andalucía sin licencia para matar, sino adentrarse en el relato iconográfico de la derechona más casposa y desde allí, instalado en el campo semántico del enemigo, dar en disparar metáforas obvias contra el imaginario de los suyos. Mariano tenía que llamarse. 

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