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José García Domínguez

Memorias de un disidente

Y sólo dentro de veinte años, cuando Arcadi le anime a leer el prólogo de Lo que queda de España, adivinará la crónica rigurosamente fiel de su propia memoria sentimental entre las páginas que ese ignoto vecino continúa escribiendo ahora mismo.

José García Domínguez
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Es muy joven, mucho, apenas habrá alcanzado la mayoría de edad. Aun así, acaba de abandonar el nido paterno –estamos en otra época, querido lector treintañero– para venir a vivir en esta pensión tan razonablemente sórdida de la calle Hospital, justo frente a Las Ramblas. Por lo demás, ya tiene clara cuál es su vocación profesional, aquello a lo que piensa dedicar el resto de su vida: la filología catalana. Mientras tanto, ahí, justo a su lado, otro estudiante de filología –hispánica– teclea el manuscrito del que habrá de ser su primer libro. Están pegados, casi puerta con puerta; no obstante, nunca llegarán a conocerse. Y sólo dentro de veinte años, cuando Arcadi le anime a leer el prólogo de Lo que queda de España, adivinará la crónica rigurosamente fiel de su propia memoria sentimental entre las páginas que ese ignoto vecino continúa escribiendo ahora mismo.

Pero aún faltan veinte años hasta que eso ocurra. Y a quién le importa lo que haya de pasar dentro de veinte años si en la madrugada de hoy, 2 de marzo de 1974, el régimen va a dar garrote a Salvador Puig Antich y no hay ni rastro del Partido. Ni convocatorias de manifestaciones, ni octavillas, ni los abajofirmantes de turno, ni el comunicado de siempre para exponer nuestra más firme y enérgica repulsa de siempre. Nada. Bueno, nada salvo la gran fiesta que ha montado Manolo Vázquez Montalbán, en La Oca de Calvo Sotelo, al objeto de celebrar entre canapés, risas y champán francés el triunfal estreno de la revista Por Favor.

Sin embargo, sí importa, y mucho, lo que va a pasar dentro de 20 años. Por ejemplo, Lluís Aracil, su maestro, el padre teórico del invento, el gran sociolingüista que ya anda a punto de acuñar el concepto de "normalización" del catalán que luego repetirán ad nauseam los talibanes que están por llegar, abjurará de la causa por ese entonces. Y asqueado, declarará: "¿Que la educación franquista era en castellano? Como los libros, como la Escuela Moderna de Ferrer y Guardia, como las teresianas o los jesuitas de siempre. Esto de ahora, en cambio, es la institucionalización de la política oscurantista de Prat de la Riba y Torras i Bages: que los payeses sigan siendo payeses, pues los pobres son felices. Y a los hijos de los inmigrantes, que les encasqueten la barretina: eso está más cerca de los nazis que de los conservadores europeos."

Claro que, hoy, entre los cuatro muros de esta habitación de la calle Hospital, a Xavier Pericay casi le resulta tan increíble que vaya a escuchar eso algún día como imaginarse a sí mismo, un nacionalista militante, fundando Ciutadans de Catalunya. Algo que fatalmente estará llamado a hacer dentro de exactamente 32 años, en 2006. Ocho meses antes, por cierto, de que publique Filología catalana, uno de los mejores libros de memorias que se escribirán en el próximo siglo.

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