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José García Domínguez

Miguel Bosé

Bosé ha dado en sentenciar la estricta equivalencia moral entre esos cerca de diecisiete mil cadáveres que pueblan el armario ropero de los hermanos Castro y la retirada de cuatro fotos en un mueso de Valencia.

José García Domínguez
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Continúa la cascada de pronunciamientos de las supremas atalayas del pensamiento hispano a propósito de Cuba. Ahora, tras el docto magisterio de Willy, acabamos de conocer el posicionamiento oficial de Miguel Bosé. Ya sólo resta, pues, disponer del comunicado institucional de Belén Esteban al respecto, saber de lo meditado por Karina acerca de la cuestión, y acusar recibo de la valoración conjunta de Paquirrín y el Julián.

Mientras tanto, y decidido a desbordar incluso el listón analítico de Willy, Bosé ha dado en sentenciar la estricta equivalencia moral entre esos cerca de diecisiete mil cadáveres que pueblan el armario ropero de los hermanos Castro, los cientos de miles de exiliados, el exterminio sistemático de la sociedad civil o los campos de concentración para homosexuales, por un lado, y la retirada de cuatro fotos en un mueso de Valencia, por el otro. En todas partes cuecen habas, vino a reflexionar, equidistante, el acreditado politólogo tras su gallarda denuncia.

Ocurre que las personas decentes están predispuestas para esperar cualquier cosa del Mal; todo, salvo el cretinismo ontológico. De ahí ese instante de parálisis intelectual, de atónita perplejidad, que invariablemente le asalta a uno tras asistir a deposiciones de semejante calibre. Abyectas analogías tan iguales, por lo demás, a aquélla de los mamporreros del "proceso de paz", cuando otros risueños miserables insistían en comparar las cifras de los asesinados por ETA con los muertos en accidentes de tráfico durante el fin de semana. Grotescos retablos de la bajeza humana, en fin, como la muy compungida estampa de Zapatero, al confesarle a Irene Villa que él también ha sufrido mucho porque le mataron al abuelito en la Guerra.

Cuesta admitir la idea central de Hannah Arendt, ésa de la banalidad del mal, aplicada al nazismo. Los nazis no eran banales. Al contrario, creían con sincero fanatismo en lo que hacían; para muchos de ellos, constituía la razón última de su existencia. ¿Qué pensar, sin embargo, de gentucilla como Bosé? Alguien dispuesto a bendecir cualquier crimen a cambio de un minuto de efímera gloria promocional en los telediarios. Sólo, exclusivamente por eso. "En todas las ciudades hay mil tipos dispuestos a aplaudir a quien sea y a su contrario", garrapatearía Hitler en Mi lucha. Así, obsoleto y banal, Bosé.

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