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José García Domínguez

Moribunda hispanidad

Triste patología ésa, tan castiza, tan estéril, tan nuestra, la del eterno auto-odio cainita.

Quizá solo haya algo más irritante aún que el altivo desprecio que los secesionistas catalanes prodigan contra España: el parejo desdén frente a su propio país del resto de los españoles. Triste patología ésa, tan castiza, tan estéril, tan nuestra, la del eterno auto-odio cainita. Y es que nadie siente repulsa mayor contra España que los propios españoles. Una enfermedad, la del huero hipercriticismo masoquista, que al cabo habría de ser el legado permanente que nos dejarían aquellos ilustres cráneos privilegiados del noventa y ocho, y sus pares del regeneracionismo. Muy laureados, aplaudidos y beatificados frívolos como el Unamuno que, retórico, preguntaba: "¿Qué somos?". Y acto seguido se respondía: "Somos un pueblo de pordioseros arrogantes".

Insensatos irresponsables, como el Maeztu primero que deponía a propósito del interior de la Península: "Páramo horrible poblado por gentes cuya cualidad característica aparente es el odio al agua y al árbol". Feroces anarquistas de salón, como el panadero Baroja que clamaba: "El odio, en España, no se acabará nunca, es un odio eterno, hijo del resentimiento y la mediocridad, hermano de la mezquindad y la impotencia". Y tantos y tantos otros. Pues, al igual que el MIR entre los médicos, el agrio desdoro cargado de puyas contra nosotros mismos ha acabado convirtiéndose en inexcusable prueba de ingreso a fin de acceder al olimpo de la opinión respetable. Si la crema de la intelectualidad patria es así, ¿qué se va a esperar del pueblo?

A los catalanistas, la imprescindible labor de desgaste cotidiano, de zapa permanente se la han hecho, ¡y gratis!, las termitas de Madrid. Igual tras el Desastre que ahora mismo. Exactamente igual. Llevamos más de cien años ofrendándoles el trabajo sucio. Mueven el árbol los paisanos íberos de Forrest Gamp – "Tonto es el que hace tonterías"– y recogen los frutos Mas & Cía. Si aún hubiese tiempo, que no lo sé, para salvar la idea de España como proyecto de vida en común, primero tendremos que recuperar la estima por nosotros mismos. Tan injusta, tan venenosa, tan ignorante de la nación real, la crítica negativa del noventa y ocho, definitiva interiorización de la maldita Leyenda Negra, armó de argumentos al separatismo que provocó la Guerra Civil. No volvamos a tropezar en la misma piedra. 

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