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José García Domínguez

Mossèn Xirinacs

¿De qué extrañarse, pues, si un pobre demente ha tratado de emular el martirio de Cristo en nombre de la salvación eterna de Cataluña? ¿O de que alguien aparentemente sano, como Jordi Pujol, lo haya tildado de "profeta" tras la aparición de su cadáver?

José García Domínguez
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La última vez que lo vi todavía seguía plantado delante de la puerta del Palacio de la Generalidad, en la Plaza de San Jaime. Durante un mes y pico el hombre permaneció allí, firme como una estatua, con el propósito de reclamarle a Jordi Pujol la redacción de un decreto proclamando la independencia, no recuerdo si de Cataluña o de los Países Catalanes. Ya anciano, con aquella eterna mirada suya de iluminado, completamente solo, ignorado por todos los turistas y paseantes que se tropezaban con él camino de las Ramblas o la Vía Layetana, convertido en un juguete roto por los mismos que antes lo habían izado a los altares laicos del antifranquismo, daba pena.

Pocos días después, supe por una de esas notas breves que los jefes de redacción de los periódicos remiten a la sección de Sucesos que había decidido abandonar la protesta indefinida y volver a casa. Al parecer, el motivo que lo obligó a desistir de aquel gesto absurdo fue que, a altas horas de la madrugada, un grupo de jóvenes lo agredió a patadas y puñetazos, antes de dejarlo tirado semi-inconsciente en el asfalto. Se trataba de una banda de moritos de la Plaza Real, que subió a su encuentro por la calle Fernando para robarle el reloj y la cartera.

Mossèn Xirinacs, que en momento de su suicidio padecía una enfermedad incurable, ya había emitido señales inequívocas de desequilibrio mental a lo largo de los últimos años de su vida. Ése es el contexto en el que habría que interpretar las famosas manifestaciones de apoyo a ETA y los otros muchos dislates que salpicaron sus intervenciones públicas más recientes. Triste víctima de sí mismo, al final ha terminado sus días llevando a la última consecuencia lógica la secularización del relato evangélico que inspira toda la cosmovisión nacionalista. Así, en la Historia Sagrada, al éxodo del Paraíso motivado por el pecado original lo sucede el sacrificio expiatorio en la Tierra, antesala inevitable del acceso al Reino de los Cielos.

Y en el catalanismo político, esa sublimación del panteísmo alimentada a diario por legiones de ex curas y ex seminaristas – Carod y Pujol apenas constituyen la punta del iceberg–, viene a ocurrir exactamente lo mismo. La icaria medieval que dio forma al Estado catalán independiente, ése que han inventado en sus manuales escolares, antecede a la epopeya ascética del combate contra los invasores bárbaros, preámbulo necesario de una nueva plenitud nacional en la que todos los ciudadanos de Cataluña seremos felices y comeremos perdices. ¿De qué extrañarse, pues, si un pobre demente ha tratado de emular el martirio de Cristo en nombre de la salvación eterna de Cataluña o si alguien aparentemente sano, como Jordi Pujol, lo ha tildado de "profeta" tras la aparición de su cadáver?

Que mossèn Xirinacs descanse en paz y que Dios nos coja confesados.

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