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José García Domínguez

Ni habrá referéndum ni habrá elecciones

El micronacionalismo catalán no es otra cosa que una voluntad de poder entendida en el sentido más prosaico y pedestre del término.

José García Domínguez
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 El micronacionalismo catalán no es otra cosa que una voluntad de poder entendida en el sentido más prosaico y pedestre del término.

Tan norcoreana en forma y fondo, la marcial disciplina gregaria del pueblo menudo en esos alardes callejeros de cada 11 de septiembre nos hace recordar que la transformación de una comunidad civil en horda racial continúa suponiendo un peligro cierto en nuestro tiempo. Y lo de menos es que los nuevos aprendices de brujo ya no utilicen la palabra raza, ahora orillada en favor de la voz cultura, su recurrido sinónimo contemporáneo. Rendida entrega romántica, esa tan propia de la masa catalanista, que, sin embargo, no debe confundirse con la mentalidad de sus elites dirigentes. Y es que el visceral irracionalismo de la calle para nada se compadece con la psicología propia de las minorías rectoras que pusieron en marcha el llamado proceso soberanista hace un par de años.

Cuanto en los de abajo representa ardorosa emoción se convierte en metódico cálculo desapasionado para los de arriba. A fin de cuentas, el del nacionalismo es un negocio como cualquier otro. Y para que un negocio devenga rentable procede administrarlo con la cabeza, no con otras vísceras. Lo acaba de recordar Álvarez Junco con alguna brillantez: la primera expresión pública del catalanismo político nada tuvo que ver con agravios culturales o lingüísticos ni con cantinelas identitarias parejas, sino con un muy prosaico pleito de intereses corporativos de ciertos notables de Barcelona. Resulta que la recién aprobada unificación del Derecho Civil español ponía en riesgo el monopolio del mercado catalán, hasta aquel momento coto cerrado de los abogados autóctonos.

La señera se convirtió entonces en la bandera de los que luchaban no por las esencias de la pàtria, sino contra la libre competencia. Era así hace cien años. Y así sigue siendo ahora. Porque nada ha cambiado. Rásquese un poco bajo el denso barniz de la charlatanería victimista y aparecerá lo de siempre: inconfesables intereses gremiales de las capas dirigentes de la plaza. El micronacionalismo catalán no es otra cosa que una voluntad de poder entendida en el sentido más prosaico y pedestre del término. No son unos locos románticos, son vulgares cazadores de rentas con un libro de contabilidad bajo el brazo. Por eso, tras la muy teatral firma del decreto del referéndum, Mas se la envainará. Ni habrá consulta ni habrá adelanto electoral.        

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