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José García Domínguez

Obituario urgente de Corbyn

La socialdemocracia se bate en retirada en todas partes. De hecho, únicamente en la Península Ibérica, y por razones aún ignotas, logra mantener la hegemonía política.

José García Domínguez
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La socialdemocracia se bate en retirada en todas partes. De hecho, únicamente en la Península Ibérica, y por razones aún ignotas, logra mantener la hegemonía política.
EFE

El Partido Laborista acaba de sufrir la peor derrota electoral desde los años treinta del siglo XX. Y aquí, en España, nos ha faltado tiempo para atribuir el batacazo a Corbyn, un pretendido radical y extremista según la terminología apocalíptica al uso. Pero la muy leve pátina de socialismo de la vieja escuela que caracterizaba a Corbyn tiene bien poco que ver en realidad con el desastre histórico de los laboristas en el Reino Unido. Y ello por una razón clamorosamente simple, a saber: porque los socialdemócratas europeos están agonizando en todas partes, no solo en el Reino Unido. Al punto de que en Francia, la madre patria del progresismo occidental desde hace doscientos años y pico, ya han desaparecido del mapa político. Literalmente, han desaparecido. Y en París no se presentaba el radical de Corbyn a las elecciones, sino que venían de disfrutar al melifluo y paniaguado de Hollande. Pero es que en Italia ha ocurrido otro tanto de lo mismo con la efectiva evaporación en la nada de la socialdemocracia local, sustituida hoy por los insustanciales demagogos del Movimiento 5 Estrellas. Igual que en Polonia e Irlanda, donde también los partidos que se reclamaban de la tradición socialdemócrata o se han disuelto o han caído en la estricta marginalidad extraparlamentaria.

Hasta mediados de la década de los noventa, los partidos socialdemócratas agrupaban en torno al 40% del electorado en todos los rincones del continente europeo. En todos. Y allí donde no lograban alcanzar ese peso crítico, como en Italia y en Francia, era solo porque se veían obligados a compartir su cuota de mercado electoral con los poderosos partidos comunistas domésticos. Pero ese era el mundo de ayer. Hoy, la socialdemocracia, como ya se ha dicho, se bate en retirada en todas partes. De hecho, únicamente en la Península Ibérica, y por razones aún ignotas, logra mantener la hegemonía política. Por lo demás, las causas últimas de esa ubicua decadencia súbita no representan ningún secreto. El laborismo y su prima hermana, la socialdemocracia continental, funcionaron, y funcionar en política significa resultar útil a ojos de una facción mayor o menor del electorado, mientras hubo muchos buenos empleos para la mayoría de la población. Empleos dignos, estables y bien pagados que la socialdemocracia se encargaba de crear a través de la inversión pública en aquellos instantes ocasionales en los que escaseaban en el mercado privado.

El sentido profundo, la clave del éxito histórico de la socialdemocracia en toda Europa durante la segunda mitad del siglo XX, fue ese. Pero los grandes flujos migratorios incontrolados que ha desencadenado el proceso globalizador han desbordado política e intelectualmente a los socialdemócratas. Y es que ni Corbyn ni nadie puede prometer empleos estables y razonablemente retribuidos para todos en unas sociedades, las europeas occidentales, convertidas ahora mismo en receptoras masivas y crónicas de inmigrantes procedentes de todo el planeta. Una riada humana interminable que ha acabado arrollando a los propios socialdemócratas, incapaces, a diferencia de los populistas de derecha, de proponer ninguna solución alternativa a esa cuestión. Una cuestión que no está llamado a constituir un problema político más, sino que va a ser, es ya, el gran problema político del siglo XXI. Por eso el descalabro también en el Reino Unido. En fin, descansa en paz Jeremy.

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