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José García Domínguez

Octubre rojo

De ahí la absolución ética que disfruta hoy una doctrina, el marxismo-leninismo, que comenzó a asesinar mucho antes que el nazismo, que asesinó infinitamente más que el nazismo y que aún sigue asesinando ahora mismo

José García Domínguez
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"Ha caído el muro pero sólo en Berlín, no en las mentes". Lo auguró poco antes de morir Jean-François Revel y, como siempre, su pesimista intuición resultó acertada. De ahí la asimetría que el canon ha impuesto a la hora de establecer un juicio moral sobre las dos ideologías más sanguinarias de la historia de la Humanidad. De ahí el eficaz cordón sanitario que las factorías mediáticas de la izquierda lograron tender entre la memoria colectiva del comunismo y la verdad. Y también de ahí la absolución ética que disfruta hoy una doctrina, el marxismo-leninismo, que comenzó a asesinar mucho antes que el nazismo, que asesinó infinitamente más que el nazismo y que aún sigue asesinando ahora mismo, medio siglo después de que desapareciera del escenario de la historia su alter ego.

Pero todo eso nada importa. Rige el mandato imperativo de establecer una estricta dicotomía entre nazismo y socialismo real; la orden inapelable de ocultar a la vista pública su vergonzante parentesco; la consigna de imponer a toda costa la percepción antagónica de esos dos primos hermanos que sembraron de tumbas el siglo XX; amén de la prisa por ampliar el ingente catálogo de cataplasmas retóricas con que cubrir la evidencia de que los comunistas practicaron el crimen en masa no contra sus principios, sino empujados por ellos.

Urge, pues, olvidar la común matriz antihumanista que amamantó a similares genocidas. Olvidar que si para Hitler la causa del hombre ario responde a las leyes eternas de la Naturaleza, en Lenin la autoridad suprema cambia de máscara, se llama Historia, mas responde a idéntica esencia. Así, en ambos casos, la certidumbre teleológica de ser los parteros de una nueva era; en ambos, la ciencia, ora social ora natural, usurpando el trono del Dios bíblico; en ambos, la promesa del paraíso terrenal en forma de un nuevo y luminoso orden social por crear; en ambos, la inclinación radical, innegociable, hacia lo absoluto; en ambos, la doctrina política colonizando el espacio de la fe en las almas entregadas de sus devotos creyentes.

Pero urge olvidar. Porque nada ni nadie ha de incomodar el eterno reposo del socialismo real en el altar mayor de la memoria sentimental de la izquierda. De ello dependerá, ni más ni menos, que su hiperlegitimación no se tambalee. Por algo, ni la socialdemocracia más timorata renuncia a la vieja estética kitsch del puño en alto y el canto de la Internacional en los primeros de mayo y fiestas de guardar. Al cabo, hasta habremos de prohibirnos mentar el irrefutable argumento que hace menos nocivo al nazismo que al comunismo: que el primero se extinguió para siempre en 1945.

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