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Es algo admitido por todos que el fiscal Jiménez Villarejo es un héroe. Y su intervención en ese Foro Universal del Pensamiento Único y Solares Revalorizados ha reafirmado la convicción general de que bajo su apariencia anodina de probo funcionario se esconde un nuevo Prometeo. Tiemblan los más encumbrados poderosos de la Tierra cuando abre la boca el incorruptible Jiménez. Pero sólo ellos. Porque el implacable acusador responde a una tipología de titanes que se singulariza por la combinación de la audacia global sin límites con una cuidadosísima prudencia local.
 
De hecho, la bravura de Jiménez sintetiza en su persona toda una eclosión de paladines en la lucha sin cuartel contra las tiranías. Esa que empezó en España el día que Franco se murió tranquilamente en la cama. Ahora, son legión entre nosotros los émulos de Jiménez. Porque decir de Bush que es “el campeón de la pena de muerte” sale gratis total. De hecho, es la última consecuencia de la democratización de la épica; de la epopeya al alcance de cualquier hijo de vecino. De ahí, el caudal inagotable de las denuncias. Porque todos saben que el presidente de los Estados Unidos no va a enviar comandos de criminales a Barcelona para que secuestren a los ponentes del Fórum, los vistan luego con una túnica azafrán, y finalmente les rebanen la cabeza con un alfanje para que Al Yazira pueda entretener a su audiencia otro con vídeo gore. Ni Aznar. Por eso se le puede llamar “asesino” tranquilamente. Tampoco el mismísimo el Papa de Roma lanzará la Guardia Suiza contra los escépticos. Duro, pues, con el Papa de Roma: “¡Inquisidor! ¡Reaccionario!”
 
Nuestro tiempo es el del clímax de un heroísmo intercontinental. Se trata de una actitud de incontenible fervor que únicamente conoce una ley: medrar de forma proporcional al espacio. Porque se agiganta a medida que aumenta la distancia física, y viceversa. Sirva otra vez para ilustrar esa acotación la muy aplaudida valentía moral demostrada por nuestro hombre en los monólogos del Fórum. Después de revelar que lejos, en América, existe un “sistema autoritario de gobierno”, sostuvo Jiménez: “Debemos tener una mayor solidaridad con los inmigrantes”. Con los inmigrantes de muy lejos, se entiende. Hablar de los de muy cerca, de los locales, es algo que desaconseja ese límite espacial. Un cordobés, como él, que ha vivido muchos años en Cataluña conoce perfectamente qué derecho constitucional básico tiene que reclamar un inmigrante en público para ser declarado automáticamente persona non grata en el Principado. Por eso, el Ulises de los fiscales calló sobre ellos. He ahí, el gran atributo que adorna esta forma posmoderna de heroicidad: los clamorosos silencios locales.
 
Estoy seguro de que el tío de Trini Jiménez estaría dispuesto a llevar a Javier Solana ante el Tribunal Penal Internacional por el artículo que firmo ayer enExpansiónjunto a Colin Powel. Esa declaración de amor a los Estados Unidos realizada por el hombre de ZP en Europa ha sido una afrenta a la “resistencia del pueblo iraquí” y a la “total legitimidad” de los decapitadores que circulan por Bagdad. Es una lástima que Mister PESC esté tan, tan cerca. Porque si no, el héroe lo fulmina. Nadie lo dude.

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