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Toda la caspa de la utopía corporativa, identitaria y medievalizante que Pujol soñaba para Cataluña se sintetiza en una metáfora que acuñó al principio de su mandato: CiU debería convertirse en el pal de paller, el palo del pajar, de una sociedad estamental y ordenada, como Dios y Pompeu Fabra mandaban. Por eso, no resulta baladí que Joan Clos haya inaugurado el congreso del PSC prometiendo a los delegados más de lo mismo. “Tenemos que ser el pal de paller”, ha gritado el carismático alcalde de Barcelona a la tropa de a pie, por si todavía quedaba alguno no se hubiera enterado de lo que hay.
 
Con esa alusión, el Gran Consejo de Ancianos, la nomenklatura de los apellidos patricios que controla el partido desde su fundación, ha querido enviar un guiño de complicidad al electorado de Artur Mas, un advenedizo falto del necesario pedigrí. Porque Maragall se sabe el verdadero y legítimo heredero de la obra de Pujol. Y el Congreso le servirá para confirmarlo. Ahí quiere escenificar el penúltimo capítulo de ese Gatopardo por entregas, y en fascículos coleccionables, que empezara a escribir la elite nacionalista ya desde antes de la Transición.
 
De todos modos, es digna de estudio la fascinación gárrula que ese montón de paja despierta en tantos políticos mesetarios. Para comprobarlo, bastaba ver la cara de susto de José Blanco mientras se dirigía a los delegados. Idéntica a la que se le queda a ZP cuando tiene delante al Honorable. Sin duda, el poder demiúrgico de los mitos encierra la explicación a tanto pasmo alelado. Debe ser que se arrugan ante el espectro de la fantasmal burguesía catalana, ésa de la que supieron por la tele gracias a La saga de los Rius.
 
Es muy probable que Blanco lo ignore, pero acaba de hacerse público que el valor anual de la producción textil de su Galicia supera ya a la catalana. Y es que Blanco no se ha enterado, pero los Rius hace muchos años que vendieron la fábrica familiar. Ahora, viven de recortar cupones por Internet, y a los hijos los han enchufado de funcionarios en la Diputación. Aquella sociedad civil poderosa que era capaz de meter a Primo de Rivera en un tren y enviarlo a dar un golpe de Estado para implantar un arancel, desapareció hace décadas. La última excrescencia que los lugareños recordamos de algo parecido se llamaba Josep Lluis Núñez, y nació en Álava.
 
Si se fijase un poco, bajo el pal de paller del PSC el secretario de Organización del PSOE descubriría un paisaje que le sería familiar: los pactos de sangre, el espíritu de secta, el pánico a la meritocracia, la exaltación de la obediencia desprendida de su estigma como virtud perruna, y el desdén desconfiado y hosco por los que son capaces de capitalizar su actividad fuera, en el mercado. Pepiño no lo sabe, pero este fin de semana lo está pasando en casa.

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