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José García Domínguez

¿Para qué sirve la monarquía?

Desde el punto de vista estético, la monarquía resulta muy superior a cualquier otra forma de Estado. Pero es que desde la estricta óptica política, también.

José García Domínguez
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Desde el punto de vista estético, la monarquía resulta muy superior a cualquier otra forma de Estado. Pero es que desde la estricta óptica política, también.
Don Felipe, en el último desfile del Día de la Hispanidad | Gtres

No hay ninguna duda de que desde el punto de vista estético la monarquía resulta muy superior a cualquier otra forma de Estado. Pero es que desde la estricta óptica política, y en el muy específico caso español, también ocurre lo mismo. He ahí la razón última de esa virulencia con que la cofradía de los enemigos confesos de la soberanía nacional española ataca al Jefe del Estado armada de rutinaria saña. Así, sin ir más lejos, la regidora Colau, de la confluencia del vicepresidente, que viene de deponer que "la monarquía no sirve para nada". Algo, la inanidad presunta de la institución monárquica, que su propia actitud beligerante desmiente. Y es que, para desazón de los micronacionalistas periféricos y sus compañeros de viaje, tontos y tontas útiles incluidos, la monarquía en España no encarna una simple forma política del Estado. Entre otras razones, porque ese Estado, el nuestro, resulta ser una creación histórica suya, de la Monarquía hispana.

Aquí, en España, la monarquía creó el Estado en la Baja Edad Media y después el Estado resultó impotente, cuando el siglo de los nacionalismos, el XIX por más señas, para llevar a cabo hasta sus últimas consecuencias la labor nacionalizadora de la población asentada en la totalidad del territorio bajo su administración. Era su suprema obligación y devino su supremo fracaso. Todo lo que está pasando hoy en Barcelona es el fruto no de la incompetencia de Pedro, Pablo, José Luis, José María, Felipe, Antonio o Fernando, sino de la definitiva impotencia de aquel raquítico Estado liberal decimonónico, el Español de entonces, que no supo cumplir con su misión histórica. Visto con una perspectiva de siglos, la monarquía cumplió, pero el Estado no. De ahí la importancia hoy de esa institución que tanto irrita a la vicepresidencial Colau. Como Torra, como Puigdemont, como Junqueras, Colau también intuye, acaso de un modo vago pero inquietante, que la propia dimensión anacrónica e irracional en términos cartesianos de la institución monárquica es lo que la hace más peligrosa políticamente. Para ellos, se entiende.

A fin de cuentas, el sentimiento de pertenencia, la necesidad de reafirmar de modo simbólico las lealtades compartidas entre los miembros de un grupo, rasgo irracional indisociable de la propia condición humana, requiere de una mística comunitaria, de una religión laica si se prefiere, eso mismo que otros llaman patriotismo, que remite a la genuina razón de ser contemporánea de la monarquía. El súbito ciclón de energía colectiva que desencadenó el discurso del Rey cuando el golpe de los catalanistas procedía de ese misterio tan antiguo. Porque todo orden social necesita de una apariencia de sentido y de continuidad. Y aquí, en España, ese sentimiento de continuidad, de venir de muy lejos y de seguir hacia muy lejos, es lo que encarna la figura del Rey y la institución de la monarquía. Por eso la fobia mancomunada de todos ellos y de sus compañeros de viaje. Incluidos sus tontos y tontas útiles.

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