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José García Domínguez

Por qué nadie previó la victoria de Trump

Trump es la prueba de que, en la era de las redes y de la exuberancia ubicua de las nuevas tecnologías de la comunicación, la Prensa es un tigre de papel.

Trump es la prueba de que, en la era de las redes y de la exuberancia ubicua de las nuevas tecnologías de la comunicación, la Prensa es un tigre de papel.
EFE

Podía ganar y ganó. Y el hecho de que todo el mundo estuviese convencido de que era imposible que ocurriese lo único que demuestra es que el mito del cuarto poder tiene los pies de barro. Trump encarna la prueba viviente de que, en la era de las redes y de la exuberancia ubicua de las nuevas tecnologías de la comunicación, la Prensa es un tigre de papel. Nunca antes el gremio periodístico al completo, tanto el de la derecha como el de la izquierda, se había volcado de un modo tan unánime y desplegando toda la artillería pesada contra un candidato a la Presidencia. La campaña militante de los medios contra Trump desde el instante mismo que anunció que acudiría a las primarias republicanas pasará a los anales. Y es que, salvo los ultras de la Fox -y ni tan siquiera todos ellos-, Trump tuvo al resto de los grandes medios enfrente desde el principio. En otra época, eso habría bastado para destruir a cualquier candidato. A cualquiera. Hoy, en cambio, constituye bien poco más que una anécdota baladí.

La gran paradoja de la era de internet es que la súbita hipertrofia de los medios de comunicación, en lugar de incrementar su capacidad de influencia política, la ha reducido a mínimos históricos. Y ello porque la imparable fragmentación de las audiencias ha acabado eliminando la pluralidad interna en los propios medios. Hoy, la Prensa, sin excepción, tiende a ser militante en todas partes. Está hecha por y para los convencidos de la causa que sea, sin fisuras ni desviaciones de la línea; única y exclusivamente para los convencidos. Y la consecuencia no prevista por nadie de esa creciente bunkerización ideológica es su definitiva pérdida de influencia social. Lo que nunca antes había ocurrido, que se pudiera morar dentro de una burbuja comunicativa durante las veinticuatro horas del día, recibiendo solo informaciones que refuerzan la cosmovisión y los prejuicios políticos del público que las consume, forma parte hoy de la normalidad cotidiana de la población. Se atiende de modo exclusivo a los propios y se ignora de plano a los adversarios.

De ahí que, pese a sus denodados esfuerzos durante todos estos meses, los periódicos y las televisiones, tanto los liberales (en el sentido anglosajón) como los conservadores normales, no hayan condicionado ni lo más mínimo el sentido final del voto de los electores republicanos que se han inclinado por Trump. Tan primaria, la maniquea brutalidad del discurso de Trump no deja de ser un mero reflejo de la misma brutalidad burda y maniquea que ahora mismo impera en las llamadas redes sociales, esos estercoleros virtuales donde veinte siglos de civilización se baten en retirada frente a los 140 caracteres que circunscriben los límites analíticos y cognitivos de lo que, aquí, en España, podríamos llamar ya el pensamiento Rufián. Que el Gran Arquitecto nos coja confesados.

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