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José García Domínguez

Puigcercós

Montilla asiente humilde porque, lejos de constituir un extravío individual de Puigcercós, el explícito desprecio a Andalucía y lo andaluz forma parte, y muy principal, de la cultura del catalanismo.

José García Domínguez
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Con esa chabacanería tan cara a los de su crianza, Joan Puigcercós acaba de subir el diapasón catalanista de la campaña. Así, aportando su saliva como única prueba de cargo, ha depuesto que en Andalucía "no paga impuestos ni Dios", tras antes pontificar solemne que "Madrid es una fiesta fiscal". Apelación, ésa suya a las genuinas esencias victimistas de la doctrina, que de inmediato ha colocado a la defensiva a sus iguales. Al punto de que Mas y el de Iznájar se han apresurado a suscribir la astracanada como suelen, esto es, al vergonzante modo, vía clamorosa omisión.

Escribió don Antonio Machado en su día que nada hay más triste que un andaluz andalucista. Se ve que tuvo la dicha de jamás haber contemplado a un andaluz catalanista. Sin embargo, igual que las meigas, haberlos haylos. Trátase, por cierto, de oscuros seres espectrales, como ese don José, tragicómico burlador de sí mismo siempre presto a besar la mano de cuantos le desprecian. Nadie se extrañe, pues, del silencio del Muy Honorable ante la baladronada. Y es que Montilla asiente humilde porque, lejos de constituir un extravío individual de Puigcercós, el explícito desprecio a Andalucía y lo andaluz forma parte, y muy principal, de la cultura del catalanismo. Al respecto, es sabido que la Unesco llama cultura al conjunto de saberes que cualquier miembro de una comunidad adquiere sin que resulte preceptivo un aprendizaje expreso.

Ergo, ha dignificado con esa voz a toda la morralla que quepa almacenar dentro de la cabeza del más lerdo de los miembros de un grupo humano históricamente constituido. De tal guisa, desde hace más de un siglo, en concreto desde que cierto medidor de cráneos, el doctor Robert, bendijo el "tancament de caixes", la cultura del catalanismo exige una España de moscas, caspa, batas de cola, toreros famélicos y funcionarios ociosos. Tal como requiere, también de forma imperiosa, volver una y otra vez a la leyenda del Madrit arcaico y parasitario que ingiere sin cesar bocadillos de calamares a su costa. Lo ordena el pensamiento mítico, único de curso legal en Cataluña desde el último cuarto de siglo. Huelga decir, en fin, que si esa España no existe, se inventa. A ser posible con saliva, que sale más económico.

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