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Puigdemont necesita mártires

Sànchez, gato viejo y escaldado, se teme, es evidente, lo peor. Lo peor para él y para el resto de los procesados que se quedaron en España y se entregaron a la Justicia.

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Jordi Sánchez y Carles Puigdemont | EFE

El otro Sánchez, el Sànchez de la tilde diferencial que acaba de cumplir ya un año entre rejas tras acreditar que el pacifismo de la ANC se demostraba andando (por encima del capó de un vehículo oficial de la Guardia Civil), ha aireado un dolido de profundis contra los supuestamente suyos en las páginas de La Vanguardia. Sànchez, un profesional a tiempo completo de la agitación desde los tiempos de la Crida, o sea desde toda la vida, es cualquier cosa menos un ingenuo idealista hiperventilado de esos que se dejan arrastrar por las emociones juveniles en la acción política. De ahí que haya sabido leer entre líneas que la estrategia de la gesticulación histriónica que practica el testaferro Torra por mandato directo del Payés Errante, estrategia que se concreta en la exigencia pública y amenazante al Gobierno para que intervenga ante la Justicia en defensa de la causa de los reos sediciosos, puede que no esté diseñada para apoyar a los presos, sino para todo lo contrario. En ese sentido, los argumentos expuestos por el muy abatido y escamado Sànchez en su pieza resultan inobjetables desde la lógica más elemental.

Porque si el objetivo que se persigue desde la Generalitat y sus confluencias parlamentarias en la capital de España, razona el cabecilla cesante de la ANC, es corromper a la Fiscalía a fin de que reclame penas menores para todos los encausados, hacerlo de modo ostentóreo, que diría el difunto Gil, en el Congreso de los Diputados solo puede tener un efecto contrario al que se desea. Si es que realmente eso es lo que se desea, claro. Los chantajes, sostiene de modo lúcido Sànchez en su pieza, no pueden ser aireados de forma tan abierta ante la opinión pública, so pena de condenarlos de entrada al fracaso. De ahí que reclame, y de modo imperioso, discreción a los encargados de la delicada tarea de tocar a la Fiscalía, el Sánchez de Madrid mediante. Algo, esa elemental cautela para mantener alejados a los focos de la prensa de un asunto tan difícil de gestionar para el PSOE y con tantos costes potenciales para el Gobierno, que, por lo demás, se le habría ocurrido a cualquiera.

Sànchez, gato viejo y escaldado, se teme, es evidente, lo peor. Lo peor para él y para el resto de los procesados que se quedaron en España y se entregaron a la Justicia. Y es que, a ojos de Puigdemont y de su propio en la plaza de San Jaime, Sànchez y los otros son mucho más útiles en la cárcel, y condenados a largas penas, que fuera. A fin de cuentas, su negocio particular, el del victimismo interminable, es una industria que funciona con el combustible que le proporcionan los mártires reales o imaginarios. A esos efectos, el mártir Sànchez posee para Puigdemont un valor de uso y de cambio incomparablemente superior al del Sànchez anodino apparatchik de Junts per Catalunya. El cuanto peor, mejor, ese clavo ardiendo táctico al que se aferra Puigdemont para no verse orillado de su papel dirigente dentro del movimiento secesionista, impone que los presos se vean condenados a altas penas de reclusión. Cuanto más altas, más óptimas para él. Ya que no tiene un muerto, ese propósito inconfesable que tanto buscó el 1 de Octubre, al menos intentará conseguir media docena de iconos vivientes que exhibir en Lladoners. Y el otro Sànchez, perro viejo, se lo empieza a oler.

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