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José García Domínguez

Sí a la guerra

Ahí, en el diestro manejo electoral de las miserias más inconfesables del censo, empezaría y acabaría el pacifismo presunto de ZP.

José García Domínguez
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Los doscientos pacifistas contados que hay en España acaban de desfilar en devota procesión por Barcelona tras la manida sábana de rigor. Ésa que, según célebre sentencia de Revel, reza invariable: "No a la enfermedad, no a la medicina". O, lo que para el caso que nos ocupa viene a ser exactamente lo mismo, "No a Gadafi, no a la intervención". Los doscientos, digo. Pues ocurre que ni antes ni ahora ni nunca, ha habido uno más. De ahí lo asombroso de que la derecha, siempre tan cándida la pobre, se llame a algún asombro. Todos esos compungidos aspavientos invocando a los cómicos silentes del "no a la guerra"; los enternecedores reclamos de coherencia adánica al PSOE; la apelación recurrente a la retirada de Irak; diríase que los únicos que se toman en serio la retórica huera del presidente del Gobierno son sus adversarios.

Y es que el Zapatero sentido y sincero pacifista, simplemente, no ha existido jamás. Igual que rojo, rojísimo, presto a implantar no se sabe qué siniestra distopía colectivista. O el astuto Maquiavelo portador de un elaborado proyecto a fin de pervertir el secular orden moral de la tribu. Cuentos de Calleja. Literatura de cordel. Pura fantasía. Nada más lejos, tan prosaica, de la verdad. Al respecto, si Rodríguez fuese el Anticristo que quiso ver en él alguna opinión dada al tremendismo,habría, al menos, una gota de grandeza en el personaje; la suficiente como para simpatizar con su causa. Pero, ¡ay!, Zetapé ni un solo instante ha dejado de ser lo siempre ha sido: un vulgar oportunista.

Un simple estraperlista de emociones lo bastante astuto como para disfrazar de noble afán utópico la vergonzante cobardía, el miedo atroz que atenazó al pueblo soberano en ciertas vísperas de marzo. Ahí, en el diestro manejo electoral de las miserias más inconfesables del censo, empezaría y acabaría el pacifismo presunto de ZP. Por eso, cualquier analogía crítica que pretenda vincular Libia e Irak resulta hoy ociosa. En puridad, sería tanto como conceder que en Zapatero anida alguna convicción profunda de la que fuera susceptible abjurar por mor de fatales imponderables externos. Suponerlo íntimamente atado a un principio, el que sea; elevarlo a traidor, ¿acaso habrá recibido mejor regalo en toda su vida pública?

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