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José García Domínguez

"Sí, yo disparé"

Al Reino Unido, la democracia más vieja de Europa, no se le apoya una pistola en la nuca impunemente. Nadie. Nunca.

José García Domínguez
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Yo seguramente hubiera dado la orden de liquidarlos. Pero tuvieron suerte, el asunto dependía de González. Y por aquel entonces el One todavía no osaba firmar determinadas sentencias. Aún no. Así que conservaron sus vidas, tan preciosas, con tal de poder seguir destruyendo las del prójimo, tan insignificantes. Después, es sabido, entraría en escena la hez de la hez: Barrionuevo, Vera, Roldán, Sancristóbal, Amedo, Domínguez, Rodríguez Colorado. Quinquis de barra americana volcados en afanar hasta las mismas alfombras del Ministerio del Interior. Imposible, pues, toda coartada moral ante la náusea súbita, el asco irreprimible. Aunque eso, decía, fue más tarde.

"Sí, yo disparé", respondió en cierta ocasión Margaret Thatcher con la integridad personal que jamás conoció ni ha de conocer González. Y al punto se hizo el silencio. Callaron todos, igual laboristas que liberales y conservadores. Como en Pedro Navaja, la canción de Rubén Blades, "no hubo preguntas, no hubo curiosos, nadie lloró". Fue cuando las fuerzas especiales cosieron a balazos a varios terroristas del IRA en Gibraltar. Y es que al Reino Unido, la democracia más vieja de Europa, no se le apoya una pistola en la nuca impunemente. Nadie. Nunca. Por lo demás, no son los únicos. Perdida su Argelia tras la descolonización impulsada por De Gaulle, la Organización del Ejército Secreto se conjuró a fin de acabar con el presidente de la República, y no de una república cualquiera sino de la que inspiraron Montesquieu, Voltaire y Rousseau. Los exterminaron. Literalmente.

Al modo y manera, por cierto, de Sarkozy y su norma de arrasar a cuantos bucaneros osen abordar naves francesas en cualquier mar del planeta. O como Israel, el único Estado de derecho en Oriente Medio. Los gudaris de Hezbolá y Hamás lo saben muy bien: ninguna aduana cómplice, la del Líbano por ejemplo, podrá obsequiarles ni inmunidad ni impunidad. Ninguna. Lo que reste en pie de la cúpula de Al Qaeda tampoco lo ignora. Estén donde estén, a diferencia de tanto Hamlet celtíbero, Estados Unidos nunca dudará ni un segundo en ir a por ellos. Nunca. Como nunca se sabrá seguro el albacea criminal del Mono Jojoy en las FARC, se esconda donde se esconda. O como... ¿Hace falta seguir? ¿A qué entonces tanta lágrima de cocodrilo?

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