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José García Domínguez

Soy anticatalán

Una extravagancia feudalizante, la del concierto, gracias a la que la Comunidad Autónoma Vasca sigue hurtando en torno a dos mil millones de euros anuales al erario por el muy quinqui recurso de falsificar a conciencia las cifras del llamado cupo.

José García Domínguez
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Acaso por si alguien aún lo dudara, al joven Oriol Pujol le ha faltado tiempo para demostrar que es hijo de su padre. Tal que así, a la primera de cambio, se ha lanzado a expedir carnés de buen y mal catalán, empleo vocacional en cuyo desempeño entusiasta ha ocupado la mayor parte de su existencia quien lo trajo al mundo. Es sabido, a unos les da por el fútbol, a otros por la Playstation, a los de más allá por el humo de zanahorias, y a éstos por marcar con orín retórico las sagradas lindes de la identidad pedánea. En fin, ya lo advirtió el Guerra cuando fue puesto en antecedentes de que Ortega era filósofo: "Tiene que haber gente pa to".

Consecuente, pues, con su código genético el patriota Oriol acaba de sentenciar que "quien se quede al margen de la defensa de un nuevo pacto fiscal, se quedará al margen de la defensa de Cataluña". Sepan, por cierto, los no avisados que eso del nuevo pacto fiscal es aséptico eufemismo que sirve para designar el concierto económico, la última cantinela vindicativa del catalanismo político tras el sonado fiasco del Estatut. Al respecto, el artículo 339 de la Constitución de Cádiz, aquélla que solo parecen recordar en el departamento de marketing de El Corte Inglés, prescribía lacónico: "Las contribuciones se repartirán entre todos los españoles en proporción a sus facultades, sin excepción ni privilegio alguno".

Aunque algo ha llovido desde entonces, pero no lo suficiente, según parece. De ahí que los constituyentes, con la Alianza Popular de Fraga a la cabeza, se apresurasen a reimplantar ese derecho de pernada tributario que ahora reclaman para sí los nanonacionalistas de CiU. Una extravagancia feudalizante, la del concierto, gracias a la que la Comunidad Autónoma Vasca sigue hurtando en torno a dos mil millones de euros anuales al erario por el muy quinqui recurso de falsificar a conciencia las cifras del llamado cupo. No como acostumbra a proceder su igual, el Gobierno navarro, que, más condescendiente con el resto de los españoles, se contenta con sisar apenas algo más seiscientos sesenta millones cada doce meses. Huelga decir que por parejo modus operandi, como en su día bien demostró el catedrático Mikel Buesa. Ese otro anticatalán de libro.

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