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Surtido de maledicencias

Una certeza prospectiva se impone sobre tanta ignorancia académica: hacia 2028 volverán a ser admirados universalmente otros magos infalibles de las finanzas, nuevos alquimistas de la renta fija y gurús geniales de idéntica crianza que el tal Madoff.

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Predican los entendidos que la memoria, digamos histórica, de los pescados dura exactamente tres segundos, ni uno más. Tanto da, pues, que crucemos durante horas la mirada con una sardina de acuario. Bastará con que, al despedirnos, contemos hasta tres y ya habremos desaparecido de su vida para siempre. A partir de ese instante fatal, para ella, será como si nunca hubiéramos existido. Bien, pues con los mercados financieros viene a ocurrir algo tan similar que es lo mismo. También eso está muy estudiado. De hecho, a los efectos amnésicos que nos ocupan, la única diferencia significativa entre un boquerón de Málaga y los grandes inversores institucionales de Wall Street es de orden cuantitativo, no cualitativo. Tres segundos en un caso, veinte años –como muy mucho– en el otro.

En consecuencia, no habrá hoy economista serio que albergue la más remota idea de qué hacer con tal de terminar con este carajal sistémico; sin embargo, una certeza prospectiva se impone sobre tanta ignorancia académica, a saber, hacia 2028 volverán a ser admirados universalmente otros magos infalibles de las finanzas, nuevos alquimistas de la renta fija y gurús geniales de idéntica crianza que el tal Madoff. Siempre ocurre igual. Es evidencia avalada por las hemerotecas y que, por lo demás, nada tiene que ver con política económica alguna, sino con la profunda, estructural, perenne, diacrónica, ontológica estupidez humana.

Leo en la prensa presuntamente seria que el ex prestigioso chiringuito del ex admirado Madoff, "en realidad, era una simple pirámide de Ponzi". Audaz aserto que únicamente exige satisfacer dos premisas para poder ser enunciado con toda tranquilidad. La primera, ignorar qué es una pirámide; la segunda, desconocer quién fue Ponzi. En fin, a propósito del mismo Madoff, revelan los papeles algo que suelen declarar los vecinos de los grandes asesinos en serie tras ser descubiertos: "Era muy amable, atento y apreciado por todos".

Exactamente lo mismo, por cierto, que asegura la Enciclopedia Británica sobre cierto John Law, un baranda que, tan pronto como en 1716, ya maquinó una estafa similar en la Francia de Luis XV, llevándose por delante a decenas de grandes fortunas de la nobleza de la Corte. El "gancho" de aquel tocomocho germinal eran unas imaginarias minas de oro en La Luisiana. Y cuentan los anales que, tras estallar la crisis, con tal de mantener la confianza y la fe en el sistema de los depositantes, "fue reclutado un batallón de mendigos parisienses, a los que se equipó con palas, y desfilaron por las calles de la capital como si se dispusieran a salir para La Luisiana (...). Mas algo inquietante se sospechó cuando, semanas después, algunos de aquellos indigentes fueron descubiertos en sus antiguas guaridas".

Aún habrían de transcurrir casi tres siglos hasta que se inventara el truco definitivo: que los Estados garanticen los depósitos todos de los bancos.

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