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José García Domínguez

Tontos útiles

Debo confesar que, en mi ingenuidad, yo lo suponía una criatura difunta y enterrada en el fondo del baúl de la memoria sentimental de la izquierda. Pero resulta que no estaba muerto, que estaba de parranda.

José García Domínguez
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Acaso ningún otro personaje tan patético habrá generado el animalario político del siglo XX como la figura del tonto útil, aquellos pobres monigotes que los partidos comunistas gustaban manejar entre bambalinas. El tonto comprometido, por norma general algún artista célebre henchido de su propia bobería, se presentaba ante la opinión rodeado de un aura de radiante autenticidad. Un aura genuina, urge añadir. Y es que la tontería del tonto útil acostumbraba a resultar incuestionable, sin mácula, pura. El tonto útil era en verdad tonto, de ahí el inconfundible tono beatífico de sus deposiciones tanto públicas como privadas.

Debo confesar que, en mi ingenuidad, yo lo suponía una criatura difunta y enterrada en el fondo del baúl de la memoria sentimental de la izquierda. Pero resulta que no estaba muerto, que estaba de parranda. Y helo ahí, grotesco como en sus mejores tiempos, avalando la prohibición del castellano en Cataluña desde su escaño del Congreso de los Diputados. Alegre aliado de sus sepultureros, al modo de esos espectros humanos que se arrastran por las novelas de Kundera. Es de sobra sabido, por lo demás, que su émulo contemporáneo, el tontito socialdemócrata, sufre una compulsiva reacción pavloviana ante voces tales como "diversidad", "segregación" o "cohesión social". Para él, oír cualquiera de esos términos y colocarse en situación de firmes, todo es uno.

Tal que así, andan ahora persuadidos de que se impone demoler los fundamentos mismos del Estado de Derecho, comenzando por las sentencias del Supremo, como tributo a la cohesión social catalana. Aunque lo coherente entonces sería prohibir el uso del español no solo dentro de las aulas, sino también fuera. Sobre todo, fuera. ¿O tal vez la cohesión social de Liliput no se resiente gravemente cada vez que los herejes farfullamos el castellano en calles, bares y comercios? A fin de cuentas, la Albania gramática que siempre soñaron los catalanistas de todos los partidos ya está casi al alcance de la mano. Un pequeño esfuerzo más, unos cuantos tenderos amenazados y multados, otra conferencia de Francisco Caja o de Vidal Quadras reventada, el enésimo auto judicial exhibido en los retretes de la Plaza de San Jaime, y la autarquía fonética dejará, por fin de constituir una utopía medieval. Y los tontos de Madrit, felices.  

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