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José García Domínguez

Tras la espantá

En la cúspide de una iglesia de estricta obediencia leninista, cual siempre ha sido el PSOE, solo cabe una cabeza –aun de chorlito–, jamás dos.

José García Domínguez
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Tras la espantá del Curro Romero de la socialdemocracia flácida, ese espectro feminista que arrastra su pesar por los pasillos de La Moncloa, está por ver que se haya abierto el proceso sucesorio. El genuino quiero decir, asunto bien distinto del macguffin de circunstancias que, según parece, se aprestan a escenificar la niña de Felipe y el señor de González. Y es que en la cúspide de una iglesia de estricta obediencia leninista, cual siempre ha sido el PSOE, solo cabe una cabeza –aun de chorlito–, jamás dos. Recuerde al respecto la defenestración sumaria de aquel audaz intruso leridano, Josep Borrell, a cargo de la banda de la porra mediática.

Inimaginable en Ferraz la estampa de un ministro del Movimiento, otro Pepe Solís Ruiz impelido a manifestar su más inquebrantable adhesión al caudillo de turno emanado de las primarias. A ese particular respecto, tanto por tradición como por principios, en el Partido Socialista el único llamado a ocupar el sillón del Gran Inquisidor es el secretario general. El único. Él y solo él. Nunca ha ocurrido de otro modo. Y nunca ocurrirá. Así las cosas, la cara que se ofrezca para ser partida en las urnas dentro de un año, sea cual fuere, no tiene por qué coincidir con la del nuevo líder. Ni mucho menos. No sucedió con la de Almunia, que sabiéndose seguro perdedor dio en inmolarse de grado a cambio de una canonjía en Bruselas. Y no hay razón alguna para que ahora haya de acontecer cosa distinta.

He ahí, por cierto, la causa última de que el Adolescente rehúse ceder el control del aparato a una comisión gestora. Adherencias del oficio, también él ansía que todo quede atado y bien atado. Eso sí, en el terreno que sabe suyo, la trastienda siempre opaca de un congreso, lejos del circo periodístico que, inevitable, habrá de rodear la elección del cartel electoral. Lo malo, ¡ay!, es que con los concilios partidarios ocurre lo mismo que con las pistolas: también los carga el diablo. Que se lo pregunten, si no, al propio difunto, aquel ignoto culiparlante de León que cuando entonces se impusiera a José Bono. ¿Y si en medio de tanto ruido asistiéramos a las vísperas de nada?

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