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Los separatistas en el Gobierno han acabado haciendo de la vida cotidiana en Cataluña algo irrespirable, simplemente irrespirable, opresivo.

José García Domínguez
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Los separatistas en el Gobierno han acabado haciendo de la vida cotidiana en Cataluña algo irrespirable, simplemente irrespirable, opresivo.
Santiago Abascal e Ignacio Garriga, en Barcelona. | EFE

Todo, absolutamente todo en la campaña electoral catalana gira en torno a Illa. De hecho, el candidato del PSC es el único tema de la campaña. Solo se habla de él. A favor o en contra, pero únicamente de él. Así las cosas, el haber acertado o no en la estrategia fijada por cada uno de los partidos en torno a esa figura omnipresente es lo que, en última instancia, va a determinar el éxito o el fracaso en las urnas de cada uno de ellos. Por ejemplo, en la liga particular donde se la juegan las tres siglas representativas de la derecha española, quien ha hecho una labor más inteligente al respecto ha sido Vox, un partido primerizo en la plaza al que las últimas encuestas, las no publicadas ya por imperativo legal, atribuyen a estas horas un resultado extraordinario, al punto de que podría convertirse en la cuarta fuerza del Parlament, muy por delante del PP y Ciudadanos, rebasando incluso a los comunes. Vox, decía, ha hecho algo muy inteligente. 

Y es que la presencia de Illa ha convertido, de repente, todos los votos en sufragios estratégicos; todos, sin excepción. El domingo, los ciudadanos de Cataluña van a apoyar a tal o cual partido teniendo muy presente lo que tal o cual partido haría en una hipotética –y muy probable– sesión de investidura del aspirante del PSC a la Presidencia de la Generalitat. De ahí que Ortega Smith, en un inopinado alarde de lucidez táctica, anunciase la semana pasada su deseo, de momento solo personal, de que Vox facilite la expulsión de los golpistas del poder en Cataluña. Gran lucidez, sí, la del núcleo rector de Vox. Porque, al igual que en España no había cinco millones de comunistas, como bien reconoció en su día Errejón al valorar aquellos cinco millones de votos iniciales de Podemos, tampoco hay tantos catalanes dispuestos a votar a Vox para que su sufragio no trascienda luego del simple testimonialismo simbólico y resistencial. Los separatistas en el Gobierno han acabado haciendo de la vida cotidiana en Cataluña algo irrespirable, simplemente irrespirable, opresivo y, demasiadas veces, asqueroso. Un ambiente civil  pútrido y vomitivo frente al que no caben ciertas frivolidades madrileñas. Y Vox, al menos Vox, parece que lo ha entendido. Arrasarán.

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