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Vuelven a jugar con fuego. Y todo puede arder. Otra vez.

José García Domínguez
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Vuelven a jugar con fuego. Y todo puede arder. Otra vez.
Oriol Junqueras saludando en el Congreso al Pedro Sánchez | Eduardo Parra/Europa Press

Y ahora Estrasburgo. Emitida la sentencia por el tribunal nacional, el próximo paso, tan previsible, de la defensa de los reos será trasladar el caso a una sala de justicia comunitaria con la esperanza de que Europa enmiende la plana al Supremo. Es la única carta que les queda en la manga. Porque, pese a todo el ruido y la furia de la calle, no tienen otra, ya no. De ahí que toda la estrategia política y agitativa del separatismo dentro y fuera de nuestras fronteras vaya a estar condicionada a partir de ahora mismo por el imperativo de no provocar ningún escenario incontrolable de confrontación con el Estado que ponga en peligro la viabilidad de una eventual decisión a favor de su causa por parte de los magistrados de la UE. En ese sentido, la tentación terrorista, tan presente a estas horas en los núcleos más fanatizados de los CDR y alrededores, inquieta especialmente a la dirección de Esquerra, consciente de que apenas unos cuantos gramos de Goma-2 podrían acabar de un plumazo con el diseño ideado por Junqueras para afrontar el escenario posterior a la condena.

Un escenario, el previsto por ERC, que pasa por tratar de reeditar de modo inmediato dos movimientos míticos dentro de la historia del catalanismo político: la Solidaritat Catalana de tiempos de Cambó y la Assemblea de Catalunya de cuando las vísperas de la Transición. En ambos casos, amplios acuerdos transversales y multipartidistas que, sobre la base de unas pocas reivindicaciones compartidas, lograrían, cada uno en su instante particular, aunar a la gran mayoría de la sociedad catalana bajo una misma bandera. Una legendaria unidad civil que Junqueras sabe, no obstante, imposible desde el momento en que el grueso de los catalanistas cruzó el Rubicón del separatismo, pero que tratarán de reformular en torno al sucedáneo de la confluencia con los comunes de Colau en una gran campaña por ese indulto al que llamarán "amnistía". Los estrategas de Esquerra descuentan que la muy burda torpeza de Rivera al hacer imposible un Ejecutivo de coalición con el PSOE facilitará ahora, merced al previsible descalabro de Ciudadanos, una mayoría absoluta en las Cortes del bloque de la izquierda con el concurso de los escaños del PNV.

Algo que también según sus cálculos llevará a la formación de un Gobierno monocolor de los socialistas con el apoyo en la Cámara de Podemos, Más País y los nacionalistas vascos. La mejor coyuntura imaginable para los presos, que podrían confiar en verse en la calle antes siquiera de que concluya la próxima legislatura. Pero una expectativa, la suya, que para llegar a consumarse exigirá que los inminentes movimientos tumultuarios de desobediencia civil instigados y dirigidos de modo apenas encubierto por el Gobierno de la Generalitat no lleguen al extremo de tensar tanto la cuerda como para legitimar la reactivación del 155. Algo, el control de los incontrolados, que nadie podrá garantizar al cien por cien en cuanto empiece de nuevo el mambo en nuestras calles y plazas. Vuelven a jugar con fuego. Y todo puede arder. Otra vez.

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