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José García Domínguez

Zapatero obedeció al Tinell

Porque es él, el nacionalismo, quien engendra a las naciones y no viceversa. Y para inventarlas requiere de un instrumento imprescindible: el Estado.

José García Domínguez
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Sin duda, el rasgo intrínseco más llamativo de las naciones es que no existen. Así, en el orden natural, digamos espontáneo, abundan las piedras, los ríos, los valles, las montañas, la gente, los idiomas, los usos, las costumbres, las tradiciones... Como en botica hay de todo; de todo, excepto naciones. Por algo, antes de que irrumpiera en el mundo el primer nacionalista, allá a principios del siglo XIX, no había una sola sobre la faz de la Tierra. De ahí, por cierto, que el nacionalismo no se defina por el objetivo político expreso que persigue, sino por la muy peculiar forma de su discurso, por ese extraviado modo de argumentar tan suyo. Y es que la genuina diferencia entre los nacionalistas y los seres racionales reside en que los primeros juran real la existencia de un sujeto colectivo –la nación– que sólo habita dentro de sus propias cabezas.

Porque es él, el nacionalismo, quien engendra a las naciones y no viceversa. Y para inventarlas requiere de un instrumento imprescindible: el Estado. Nada más peregrino, entonces, que sostener, como predican los catalanistas entre otros creyentes, la existencia de naciones sin Estado. No cabe imaginar ninguna nación sin Estado por la muy prosaica razón de que todas las que en el mundo han sido fueron creación suya, de los Estados. Todas. Sin excepción. Pues, para escarnio de los píos devotos de la fe identitaria, aquí y en Lima, resultan ser esos "artificios" jurídicos, los Estados, quienes fabrican con metódico celo administrativo las comunidades en apariencia tan "naturales" y espontáneas que hemos dado en llamar naciones.

A ese propósito, y al margen de que el célebre preludio lírico sueñe a Cataluña nación, imperio, confederación intergaláctica, pista de circo o pabellón psiquiátrico, cabe conceder que el riesgo cierto del Estatut, su inequívoca vocación de Estado, ha sido conjurado por el Constitucional. De momento. Repárese al respecto, igual que un consternado Santos Juliá acaba de recordar en El País, en el que el pacto del Tinell establecía como primero de sus fines programáticos. A saber, que se llegara a alcanzar "la consideración constitucional de la Generalitat como un Estado". Ellos lo saben mejor que nadie: el país que ansían destruir sólo pervivirá si consigue mantenerse como Estado. Veremos.

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