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Atracadores de bancos en Praga

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En cierta ocasión, un periodista le pregunto a Jesse James –el famoso atracador del Oeste americano-, por qué robaba bancos. Seguramente, el periodista esperaba alguna respuesta social del tipo “Tuve una infancia difícil” o “Es una forma de rebeldía ante la violencia del capital”. Sin embargo, James fue bastante más sincero y sencillo: “Porque es allí en donde guardan el dinero”, respondió.

La anécdota viene muy bien para ilustrar los acontecimientos protagonizados esta semana por unos miles de gamberros en Praga. Supuestamente se manifiestan “contra la globalización y el neoliberalismo”. Ya se sabe que este es el último eslogan bajo el que se los socialistas disfrazan sus anhelos totalitarios.

Por supuesto, no voy a defender al Fondo Monetario Internacional, ni al Banco Mundial. Son organizaciones burocráticas, inflacionistas y socializantes. Sus dineros proceden de las aportaciones hechas por los bancos centrales nacionales y hay que recordar que estos bancos de reserva, en donde centenares de millones de familias tenían depositados sus ahorros, fueron nacionalizados por todos los gobiernos del mundo durante el siglo XX, con el fin de hacer efectivo el mandato marxista contenido en el quinto punto del Manifiesto Comunista de centralizar las reservas de dinero y el crédito en poder del estado. Sin embargo, no es la vuelta al oro, el equilibrio presupuestario, la liquidez de las instituciones bancarias o el pago de los compromisos adquiridos, lo que defienden estos salvajes. Lo que ellos quieren es apoderarse del botín y consumirlo con mayor descaro todavía.

La demanda de “condonación de la deuda de los países pobres más endeudados” es un eufemismo para encubrir una brutal transferencia de recursos desde los ahorradores y contribuyentes de los países que más aportan al Fondo -Occidente-, a los tiranos bananeros que gobiernan sobre millones de cadáveres, esclavos y mendigos. Uno pensaría que a la vista de cómo les va a unos y a otros, a los pueblos que todavía conservan alguna libertad económica y cierto respeto por la propiedad privada y por el cumplimiento de los contratos y los que no tienen ninguno de los dos, la gente reflexionaría y rechazaría con vehemencia cualquier clase de socialismo ya fuese éste de tipo marxista, corporativista, nacionalista o cristiano.

La ampliación de la brecha que separa a pobres y ricos -mención aparte de la redistribución inflacionista y de catástrofes naturales puntuales- es la consecuencia lógica de diferentes políticas respecto de la creación de riqueza. Seguramente la brecha que separa en bienestar a las dos Coreas cada vez será más amplia, como la que separa a Miami de Cuba o la que separaba a las dos Alemanias. Si un país se enzarza en guerras y saqueos y otro en proteger la vida y la propiedad de sus ciudadanos, ¿es extraño que uno cada vez vaya peor y otro cada vez mejor? La guerra contra la pobreza no se gana, desde luego, destruyendo a los creadores de riqueza y aplaudiendo la criminalidad aunque esta sea oficial y se autoproclame bienintencionada.

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