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En vista de la clase de políticos que deambulan por el mundo, George W. Bush no es un mal presidente. Su rebaja de impuestos, pese a los alarmismos de sus críticos, parece haber servido para que los EEUU estén remontando la crisis económica incluso antes de lo previsto. Es más, a la vista del último informe de la Oficina de Presupuestos, el año fiscal se cerrará con superávit, confirmando así que no hay mejor forma de crear riqueza que dejar a los ciudadanos en poder de su dinero. De esta forma es incluso posible compatibilizar el que por un lado el estado disponga cada año de más dinero en términos absolutos para hacer frente a sus gastos y por otro que gestione un porcentaje igual o menor del total de la riqueza nacional, evitando así caer en el socialismo.

También en política energética —relanzamiento de la energía nuclear, autorización para iniciar las prospecciones petrolíferas en Alaska—, medioambiental —la mejor garantía para tener un medio ambiente cada vez más saludable es el crecimiento económico— y de defensa —notable conducción de la guerra en Afganistán—, el equipo de George W. Bush es marcadamente mejor que la gran mayoría de personajes públicos que pululan por el orbe.

Sin embargo, en el campo del comercio internacional, Bush Jr. sí que acaba de cometer un error que puede calificarse de garrafal. Al aprobar un arancel del 30% a las importaciones de acero de la Unión Europea y China, el gobierno americano quizás pueda ser capaz de salvar algunos empleos en dicho sector... a costa de perder bastantes más en el resto de la economía. Bush ha justificado la medida, señalando que su finalidad es contrarrestar el dumping que practican los países exportadores. Éstos subsidian la producción de acero consiguiendo que pueda venderse por debajo del coste efectivo en que incurren los productores. La Casa Blanca también ha señalado que la medida pretende contribuir a reducir la “sobrecapacidad mundial del sector”.

Es verdad que China y la Unión Europea subsidian la producción de acero y de este modo facilitan que se venda más barato en América. Lo que no está tan claro es que esto sea tan malo para Norteamérica, ni tan bueno para China o Europa. Disponer de acero barato es perjudicial para los fabricantes de acero estadounidenses, pero... beneficioso para las industrias que trabajan con acero y por ende para los consumidores, que tienen que gastar menos en esos productos y disponen de más renta para el resto de gastos. Igualmente, subsidiar la producción de acero en China o Europa es bueno para dicha industria, pero.... malo para los contribuyentes que acaban disponiendo de menos dinero para llegar a fin de mes.

Henry Hazlitt escribía en su libro La economía en una lección (probablemente la mejor introducción a la economía que se ha escrito en este siglo) que lo que distingue al buen economista del malo es que el primero es capaz de advertir todos los efectos que una determinada medida tiene sobre el bienestar de los ciudadanos, mientras que el segundo sólo se fija en aquellos más inmediatos y aparentes. Hacer dumping perjudica fundamentalmente al país que lo practica, como pudo comprobar España con el célebre caso Matesa —la reducción al absurdo de tan cuestionable práctica. Proteger una industria de la competencia de las mercancías baratas, incluso aunque tal baratura haya sido provocada artificialmente en el extranjero, significa despreciar una excelente oportunidad de disfrutar de mayor prosperidad y abundancia.

La forma de aliviar cualquier reajuste doloroso no debe ser nunca el arancel. No sólo puede desencadenar respuestas proteccionistas similares muy perjudiciales para gran cantidad otros sectores, sino que además pone en marcha todo un perverso proceso de desintegración económica y restricciones a la competencia, en el que cualquier productor no demasiado eficiente, en vez de mejorar, acaba buscando el amparo estatal. No es ese el camino.

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