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La realidad tiene estas cosas. Las cosas son lo que son. Las causas producen efectos y por ello, “quién siembra vientos recoge tempestades”. Ayn Rand lo resumió muy bien en un famoso ensayo de 1970 Los Comprachicos. El título del escrito hacía referencia a una horrible asociación itinerante que se dedicaba a comprar niños con el fin de deformarlos hasta convertirlos en monstruos para luego venderlos como bufones o atracciones de feria. Para lograr su objetivo, la organización debía disponer de los niños en su edad más tierna, cuando éstos eran más maleables. De esta forma los comprachicos eran capaces de fabricar enanos y personas deformes, desfigurar rostros,…

Ayn Rand no tuvo especial dificultad en mostrar en su ensayo el paralelismo entre los comprachicos y la moderna política “educativa” pública, eso sí, señalando algunas diferencias. En contraste con los comprachicos, los políticos y “pedagogos” actuales no están obligados a adquirir a los niños. Los padres tienen la obligación de entregarlos. Los burócratas actuales no deforman el cuerpo, sino la mente. El objetivo final no es venderlos, sino disponer de una masa encanallada que será utilizada como ariete contra cualquier resto de excelencia o civilización. A la vista están los resultados.

Las discusiones sobre “la ley de calidad de la enseñanza”, la reválida o la LOU, excluyen sistemáticamente hacer frente a esta verdad ineludible. La recuperación de un mínimo nivel en la educación, no pasa ni por “leyes de calidad”, ni por “mayor dotación de recursos”, sino por la posibilidad de los padres de escapar de las garras estatales. Al menos para los que tengan interés en que sus hijos se civilicen, en que aprendan a hablar, a escribir y a razonar correctamente y en que mejoren su intelección de la realidad, adquiriendo un arsenal de conocimientos útiles y auténticos que les permitan tener éxito a la hora de alcanzar sus objetivos en la vida.

Elegir alternativas mucho más deseables que la de convertir a los jóvenes en salvajes embrutecidos que están dispuestos a aniquilar cualquier señal no ya de mínima excelencia, sino siquiera de progreso individual, no puede estar al albur del capricho y la voluntad de los políticos. Sobre todo porque ellos no tienen que cargar con los juguetes rotos que dejan sus experimentos. Sigue maravillándome la ingenuidad de muchos padres que aceptan sin pestañear que sus hijos sean utilizados como cobayas. Sobre todo después de haberse desvelado tanto por su salud y por evitar que tengan contacto con cualquier clase de germen cuando son unos bebés.


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