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Demagogia e inmigración ilegal

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Aprovechando la publicidad informativa que proporcionaba la Cumbre Europea de Sevilla, el tardocomunista movimiento antiglobalización volvió a organizar uno de sus habituales numeritos. Se trataba de hacer un poco de demagogia respecto de la inmigración ilegal, tratando a la vez de desarmar moralmente a Occidente para que siga sin hacer nada al respecto. Ya se sabe que les encanta apoyar cualquier cosa que socave a Occidente y su Civilización. Su sueño dorado sería que Europa y los EE.UU. se vieran invadidos por unos cuantos millones de integristas musulmanes, de hutus, de tutsis, de salvajes guerrilleros, de analfabetos, y hasta de caníbales si ello pudiera ser. Eso sí, los lobos volvieron a lucir sus habituales pieles de cordero: “Ningún ser humano es ilegal”; “Tu racismo ignora al Sur, tu consumo lo hambrea”; etc.

Curiosamente, el mismo fin de semana que se producía la manifestación, decenas de norcoreanos se cobijaban en varias embajadas occidentales en China. Lo hacían tratando de escapar del terror y del hambre del régimen comunista de Pyongyang que nos sigue recordando que, efectivamente, “Otro mundo es posible” como gustan de repetir sus correligionarios de por aquí.

Pero no. La manifestación no se celebraba delante de la embajada de Corea del Norte, ni tampoco de la de la Cuba de Castro, sino ante la Cumbre “derechista” de los países de la Unión Europea. Los letreros no decían: “Ningún gobierno tiene derecho a impedir que sus ciudadanos escapen a su tiranía, si así lo desean y son bien acogidos en otro lugar”. Por el contrario, se trataba de criminalizar el “consumo”, tratando de capitalizar, como en ellos es habitual, el sentimiento de culpa de los que no viven en la miseria absoluta. Las pancartas tampoco decían: “Comunistas asesinos. Capitalistas salvadores. Corea del Norte (debe ser ese el conflicto Norte-Sur): millones de muertos por hambruna a causa del régimen comunista, Corea del Sur: bienestar ampliamente generalizado”. No, ¡eso sería fascismo puro!

También hubiese sido todo un gesto por parte de los manifestantes, recordar a las miles de personas que murieron asesinadas tratando de cruzar el Muro de Berlín o a los millones de alemanes orientales, auténticos ciudadanos de segunda y tercera categoría, que deben su miserable condición actual a haber tenido la suerte de vivir durante cuatro décadas en el paraíso socialista. Por supuesto, tampoco hubo recuerdos para los camboyanos, los rumanos, los albaneses, los etíopes, los angoleños, los afganos...

La mayor sordidez de todo este movimiento, sin embargo, es valerse del Muro de Berlín y del resto de barreras criminales similares (Corea del Norte, Cuba, Auschwitz), y sobre todo de sus pobres víctimas, para establecer sus analogías torticeras. “Cómo sois tan hipócritas. Si os oponíais al Muro de Berlín y denunciáis a Castro, ¿cómo os atrevéis a establecer una muralla alrededor de Europa?” En efecto, el argumento raya en la impudicia. Significa ignorar una diferencia tan radical como la que existe entre la noche y el día. La que existe entre las alambradas de una cárcel política, de un campo de concentración o de esclavos —cuyo objeto es impedir que alguien inocente puede escapar de un opresor criminal (curiosamente socialista)— y un portero de finca que vigila para que no se introduzcan, allí dónde no son invitados, extraños, delincuentes o indeseables.

Que sepan todos los seres humanos de este mundo que los domicilios de los manifestantes, sus neveras, sus cuentas corrientes (abultadas, a tenor del tiempo que pueden permitirse medrar sin trabajar), sus propiedades, etc., quedan a entera disposición del que lo desee. “Ningún ser humano es ilegal”.

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