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El primer error de Bush

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Entre los primeros movimientos llevados a cabo por el gobierno Bush tras el ataque del martes, el pago de los “atrasos debidos” a la ONU y el protagonismo concedido a este selecto club de tiranos criminales, destaca como el mayor de los errores. El hecho en sí es muy grave, pues Bush parece no comprender que sus competencias constitucionales como Comandante en jefe de los EE UU, son las de preservar lo que resta del american way of life.

La idea fundacional de los EE UU es la de una República (no una democracia, ni una nación). En ella se reconoce a todo el mundo el derecho a perseguir su propia felicidad sin estar constreñido por la servidumbre al estado. La Constitución enumera las funciones que corresponden al Gobierno Federal con el fin de servir a esa idea. Dichas competencias tienen una doble limitación. La primera es que, en el ejercicio de las mismas, el gobierno no está facultado para violar los derechos individuales establecidos, así mismo, en la Carta Fundacional. La segunda, que el gobierno no puede expandirse asumiendo competencias que no le estén explícitamente reconocidas. Esa idea de libertad, que yo considero también mis intereses, es la que debe salvaguardar como Comandante en jefe en su caso, el presidente de los EE UU.

La idea de “estados soberanos” sobre la que se funda la Organización de las Naciones Unidas nada tiene que ver con lo anterior. En efecto, un estado soberano es un grupo de personas (reconocido además por otros “estados soberanos”) que dispone de un aparato coercitivo para imponer sus mandatos de forma coactiva y exclusiva sobre una serie de súbditos, de este modo sometidos. Los modos de llegar a levantar o colonizar dicho aparato y de extender sus poderes son diversas, y no hace falta ser muy perspicaz para advertir que la violencia es una de las principales, especialmente entre quienes se sientan a “elaborar el Derecho Internacional” en la ONU. Es por eso que las resoluciones de la ONU no pueden tener más valor que el de expresar la voluntad de los que las votan. Desde luego, no los más interesados en defender las libertades y la seguridad de los ciudadanos norteamericanos.

Aunque semánticamente puedan utilizarse palabras distintas para designar la forma de proceder de Fidel Castro, L. Kabila, Idi Amin, Lenin y Stalin, Hitler y Goebbels, Yasser Arafat, Pol Pot, los Taliban, Menahem Begín, Patrice Lumumba y un inacabable etcétera antes y después de tener éxito en su empeño de ocupar y ejercer el poder político, la naturaleza de sus acciones no varía. Mejor dicho, varía en el hecho de que después de ser reconocidos como estado soberano, su acción es todavía más cruel e irrestricta. Difícilmente se va a combatir el terrorismo, poniendo tu defensa en manos de los terroristas.

Cuando en la fiesta del Partido Comunista de España del pasado fin de semana, los dirigentes reclamaron que las medidas que se adopten sean tan sólo aquellas resoluciones sancionadas por Naciones Unidas, sabían bien lo que decían. Con esta ingeniosa forma de “elaborar el Derecho Internacional”, los tiranos –con buena mayoría socialista y marxista– que ya gobiernan en los continentes subdesarrollados –¡qué casualidad que sigan subdesarrollados!– tienen el camino expedito para someter también los escasos restos de libertad individual que, todavía los ciudadanos norteamericanos, han conseguido retener frente al estado hipertrofiado.

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