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La balanza comercial

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En su comparecencia ante la Comisión de Moneda y Banca del Senado, Alan Greenspan fue preguntado en relación con el perisistente y astronómico déficit comercial que arrastran los EE.UU. ya durante décadas. Aunque el máximo responsable de la Reserva Federal apuntó dos importantes ideas que lo explican, a mi entender se olvidó de alguna otra.

En primer lugar, Greenspan se refirió a la "insaciable demanda" de activos denominados en dólares que los nacionales del resto del mundo (incluidos bancos centrales) vienen mostrando durante los últimos veinte años. Como dice el refrán, "en el país de los ciegos el tuerto es el rey". Por el momento, está bastando que las autoridades de los EE.UU. no consideren la devaluación permanente de su moneda como "una forma de impulsar las exportaciones y el empleo", para que los asustados ahorradores del mundo decidan mantener partes crecientes de sus patrimonios en dólares. Los atractivos tipos de interés –que, en un régimen de papel moneda inconvertible, representan más una prima por exponerse a la prácticamente segura depreciación monetaria que la retribución por ceder en alquiler el ahorro–, también han contribuido a incrementar esta demanda. Con tal cantidad de activos en manos no nacionales, cualquier vacilación respecto al mantenimiento de un dólar sólido podría terminar en un pánico de incalculables consecuencias.

La segunda explicación que presentó el banquero central más poderoso del mundo se refirió a la significativamente mayor propensión al consumo que los norteamericanos tienen respecto de japoneses, europeos, etc. Según él, aún con rentas superiores, los norteamericanos ahorran muy poco, gastan una proporción mayor de su renta y demandan crédito en abundancia tanto para formar y desarrollar empresas, como para adquirir bienes de consumo duraderos. Si consumes más que tus vecinos, es norma que tengas una balanza comercial deficitaria.

Lo que Greenspan se olvidó de decir, es que el ritmo de crecimiento del crédito en los EE.UU. y por tanto de los dólares en circulación viene siendo astronómicamente alto desde hace bastante tiempo. Este crédito se está creando en gran parte contra la renta futura representada por los activos iliquidos que son monetizados y por tanto carece de respaldo real y presente en la forma de bienes ahorrados previamente. Para que lo entienda mejor el lector, el poder de compra se genera a partir de los alquileres futuros de la casa que se va a construir con la financiación... ¡del propio crédito! y no con ladrillos ya fabricados que el ahorrador cede en alquiler. Tal proceder tiene su reflejo en un mayor poder de compra que no encuentra la correspondiente oferta que lo absorba.

Como desde luego no es posible crear bienes presentes mediante artificios monetarios o crediticios, en la realidad alguien tiene que aportarlos. Pues bien, ese "alguien" vienen siendo los extranjeros que venden en los EE UU, pero que no compran en América con los dólares obtenidos, sino que retienen e incrementan sus saldos en dicha moneda. Si no lo hiciesen y retirasen la producción a la que son acreedores, la "huida de capitales" que ello representaría tendría el mismo aspecto que una manada de elefantes intentando entrar a la vez en un burladero.

Depender tanto de la inversión extranjera tiene sus ventajas. Es necesario respetar más la propiedad. Violentar a los súbditos extranjeros es más problemático que hacerlo con los propios nacionales. El inversor extranjero se resiente mucho antes que el nacional con la devaluación de la moneda y los abusos en este campo no pueden ir más allá. En resumen hay que enfriar el dinero caliente, si se quiere ponerlo a producir bienes sin el riesgo de que se retire en el momento más inoportuno.

Este tercer pilar completa el análisis. El crédito concedido a los EE.UU. por el resto del mundo, viene posibilitando que este país no se haya resentido todavía de la fatal combinación que supone la falta de ahorro y la enorme expansión del crédito orquestada por su banco central. Los EE.UU. harían bien en complementar su política de dólar fuerte con una estructura bancaria bastante más líquida y con un mejor tratamiento fiscal para las rentas del capital de sus nacionales que empiece a generar ahorro en casa. La experiencia de los años 70 está todavía demasiado fresca como para ser olvidada.

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