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Las lecciones de los arbolitos

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Ójala te toque vivir tiempos interesantes. Así reza una antigua maldición china que parecen estar padeciendo los argentinos, especialmente en cuestiones monetarias. Precisamente en esta clase de situaciones, en las que aparecen fenómenos que no son muy habituales, es dónde más afinada tiene que estar una teoría que pretenda tener poder explicatorio y donde la realidad, como piedra de toque, pone a cada uno en su sitio.

Hasta el sábado, cuando quedaron bloqueadas las cuentas bancarias de los argentinos, un cheque de banco y los dólares en cuenta sobre los que éste se giraba, se cambiaban a la par. Nadie hablaba de "una fijación del tipo de cambio de los cheques que interfiriese con las decisiones del mercado", ni tampoco de que "el valor del cheque estaba gobernado por el incremento de la masa de cheques en circulación". El cheque derivaba su valor, simplemente, del derecho que incorporaba. Para el banco, el cheque era un pasivo y el dólar el activo que lo respaldaba.

A partir del fin de semana, un decretazo bancario impide retirar más allá de una determinada cantidad de dólares al mes. Han aparecido los arbolitos, término con el que los argentinos denominan a los individuos que se apuestan detrás de arbustos, plantas o esquinas de la calle, para ofrecer efectivo por el canje de cheques a un precio inferior al nominal. Es decir, el cheque ya no vale la cantidad en él expresada, porque el emisor no cumple lo que había prometido. No hace falta ser muy docto en economía para saber que las personas no valoran igual un activo y la promesa provisionalmente incumplida de su entrega. El mercado sencillamente refleja esta diferencia de valoración a través del pertinente descuento. Lo ha hecho, y lo hace siempre. Lo hizo cuando el gobierno americano suspendió la conversión en oro de sus greenbacks durante la Guerra de Secesión, lo hizo cuando el sistema bancario norteamericano se declaró "en vacaciones" durante la crisis de 1.907 y ¡lo hace todos los días al fijar el valor de cada una de las monedas nacionales, que no son otra cosa que los pasivos inconvertibles de cada Banco Central!

Sin embargo, que hayan aparecido los arbolitos no es motivo para sentirse satisfechos. No es ningún triunfo del mercado el hecho de que los cheques cambien de valor cada hora, sino más bien la lamentable consecuencia de las irregulares conductas y el deterioro en el crédito de los emisores.

Establecer discusiones académicas sobre si los bancos deben volver o no a reembolsar lo recibido, tratando de averiguar si es superior "la libre flotación al tipo de cambio fijo", es un ejercicio de retórica que sólo a los economistas que aspiran al Nóbel o a un puesto de rimbombancia oficial les es dado permitirse. Por su parte, los que sugieran que los bancos que han suspendido los reembolsos pueden quedarse libremente con los fondos de los depositantes para "instrumentar sus políticas", están en disposición de crear una nueva “escuela” de pensamiento económico. A fin de cuentas, exactamente lo mismo hizo Keynes hace ochenta años. Y finalmente, los que abogan por encarcelar a los arbolitos, que cubran —como siempre han hecho— su desvergüenza e indigencia teórica con el socorrido y tupido manto del “control de cambios”.

Es posible que hasta surjan voces que consideren que levantar las restricciones y volver a entregar lo retenido —bien directamente, bien en la calle o "mercado abierto"— es una manifestación de "intervencionismo". No sería la primera vez. A fin de cuentas, pedir responsabilidad al emisor por sus pasivos es algo que sólo defienden ya los partidarios de "sistemas monetarios obsoletos".



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José Ignacio del Castillo es abogado.

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