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Los presuntos salvadores de Le Pen

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Si por algo se caracteriza el socialismo es por su capacidad para crear enormes problemas sociales con su acción de gobierno y su demagogia ideológica y luego presentarse como salvador de las inminentes calamidades ocasionadas. El caso de Francia es paradigmático. Antes de que los socialistas llegasen al poder en 1981, el nacionalismo xenófobo no alcanzaba ni siquiera el 1 por ciento de los votos. Veintiún años después, pasa del veinte por ciento o lo que es lo mismo, de los seis millones de sufragios. En vez de revisar sus premisas y sus acciones, los socialistas quieren hacernos ahora creer que su “movilización” es la mejor garantía para evitar la victoria fascista.

Desde que los marxistas nos “aclararon” que el fascismo era la reacción tardía de capitalistas y burgueses ante el ascenso del poder obrero, “todos sabemos” que sus partidarios sólo pueden provenir de lo más reaccionario de la extrema derecha. Que Le Pen haya obtenido el apoyo de cerca del 40% del electorado de distritos que tradicionalmente han sido feudos comunistas, es algo que el marxismo tiene fácil obviar. Ya lo decía Stalin: “Si la realidad no se ajusta a la teoría, al diablo con la realidad.”

Claro que ésta es sólo la punta del iceberg de todo el asunto. Los obreros (que tanta conciencia “solidaria” de clase tienen, según nos repite la izquierda) constituyen la base electoral del Frente Nacional. Mientras Le Pen no pasaba al ballotage y la “Izquierda Plural” recuperaban estos votos en la segunda vuelta, sus votantes eran considerados progresistas por permitir que Francia fuese gobernada por los partidos socialmente avanzados. A partir del 21 de abril de 2002, este voto es peligroso para la democracia.

El lector se habrá hartado de escuchar y leer en los medios “progresistas” como El País, que las políticas neoliberales de Reagan y Thatcher eran las causantes de las fracturas sociales. ¡Seguro que sí! En los EE.UU. las algaradas callejeras y la violencia interracial, tan habitual en tiempos “socialmente avanzados” como los de Johnson y Carter, cayó estrepitosamente a partir de los años 80. Incluso en ciudades tradicionalmente muy problemáticas como Nueva York, la política de tolerancia cero con la delincuencia llevada a cabo por el alcalde republicano Rudolf Giuliani, ha conseguido su reducción en un grado nada desdeñable.

Por el contrario, resulta que ha sido en Francia donde la fractura social se ha disparado. Cerca del 40% de los electores acaban de abrazar opciones antisistema (fascistas y bolcheviques). Claro que en Francia el gasto público se acerca al 60% del PIB, Francia sigue teniendo el sector público industrial más voluminoso de Occidente y allí burócratas, sindicatos y gremios siguen disfrutando de omnímodos poderes. Los hijos de los inmigrantes (legales o no) tienen todos los derechos sociales, incluida la educación “multicultural”. El país es tan progresista que tiene la jornada laboral de 35 horas –y el doble de paro que EEUU o Gran Bretaña– y una política penitenciaria y de inmigración “moderna y tolerante”. Allí saben bien que ni el islamismo, ni el africanismo representan una amenaza a la estabilidad social, ni a la cultura occidental. Es mucho más importante apedrear los Mc Donalds y establecer cuotas de pantalla para que florezca el profundo cine francés frente a la invasión yanqui. Pues nada, a seguir así.

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