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¿Qué quiere decir progresismo?

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A la hora de discutir un asunto, uno de los principales errores que suele cometerse es hacerlo sin haber definido previamente los conceptos. Este proceder es especialmente peligroso cuando el interlocutor tiene una tradición de pensamiento notablemente distinta y una intelección de la realidad gravemente distorsionada. Dicho de otro modo, hemos de descodificar las palabras y asignarles los significados que quien las emplea en realidad tiene en mente, si no queremos ser conducidos a conclusiones falaces que de otro modo jamás aceptaríamos.

Un ejemplo especialmente esclarecedor nos lo proporciona el término “progresismo”. Quien escucha “progresar”, suele tener en mente una vida en paz, con creciente confort y riqueza. Una vida de desarrollo físico, intelectual y espiritual. Los políticos, profesores, jueces o pseudo-intelectuales que hablan de “progresismo” se refieren por el contrario, lo sepan o no, al supuesto “progreso de la historia” que Carlos Marx “descubrió” con su mente calenturienta.

No creo que sea necesario repetir aquí todas las sandeces marxistas sobre las etapas de la historia, las fuerzas productivas, la lucha de clases y las “superestructuras” institucionales y culturales. Desgraciadamente, el marxismo, directa o implícitamente, aparece omnipresente en los planes de estudios que se vienen impartiendo durante decenios. He de recordar que, según Marx, la historia “progresa” hacia un estado final de comunismo libertario similar al supuesto paraíso original. Marx veía dos vías para “progresar” hacia ese paraíso. Una, dejar que la historia siga su curso inexorable. La otra, ganar el poder político (de forma “democrática” o no), y destruir desde él la totalidad de instituciones que caracterizan a la sociedad civilizada conocida como capitalismo. En el Manifiesto Comunista, Marx llegó incluso a establecer un detallado decálogo para guiar la voladura.

Desde luego que la historia no evoluciona inexorablemente hacia el comunismo libertario, más de lo que lo hace hacia el Mundo de Peter Pan. Destruir la civilización no deja más ruinas que las de unos homínidos brincando encima de los cascotes, como pudieron advertir demasiados pueblos durante el siglo XX. Sin embargo, los progresistas ni ven, ni escuchan. Están demasiado ocupados con su cruzada por socavar las instituciones del Derecho Civil (derecho de propiedad privada, matrimonio y familia, autonomía de la voluntad en obligaciones y contratos), o el código moral y ético tradicional en Occidente y que gira alrededor de los mandamientos de Moisés: no matar, no robar, no mentir, no ser promiscuo y no envidiar. Tomen nota los que no estén todavía absolutamente intoxicados, del criterio clasificador que el término representa.

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