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Ciento veinte multimillonarios han iniciado en EE.UU. una campaña contra la supresión del impuesto sobre sucesiones que propone George W. Bush. Vamos, que asistimos una vez más a la típica campaña contra los “ricos” financiada por… algunos ricos. Los argumentos presentados por los Gates, Buffet, Soros, David Rockefeller, etc. no pueden ser más engañosos. Los “abajo firmantes” de turno presentan el problema como una falsa disyuntiva entre riqueza ganada a través del esfuerzo y riqueza heredada. En realidad, la cuestión a dilucidar es si respetamos la propiedad ajena o mantenemos las interferencias despóticas en el derecho a disponer de los frutos del propio esfuerzo. Nuestros “amigos” optan por lo segundo.

Si bien es verdad que tiene más mérito ganarse el dinero a través del esfuerzo y el talento que heredándolo, no es en absoluto menos cierto que es una estupidez no aprovecharse del capital previamente acumulado por otros. En caso contrario, cada nueva generación debería volver a inventar la escritura, la rueda o la bombilla partiendo desde cero. Dudo mucho que lo lograse. Como supongo que los partidarios del impuesto de sucesiones no abogan por volar cada veinte años los puentes y las casas construidas para que las nuevas generaciones no se aprovechen de una riqueza que no se han ganado, vamos a centrar la cuestión en sus justos términos. ¿Quién debe heredar? Aquéllos a quienes designe la persona que ha producido y conservado la riqueza o los políticos saqueadores. Para cualquier persona decente la elección no tiene duda.

Nuestros millonarios con “conciencia social” lo tienen fácil. Si quieren donar su dinero a los políticos, a los burócratas o a cualquier fundación “sin ánimo de lucro” pueden hacerlo. Pero eso no les basta. Quieren también apoderarse de los patrimonios de los padres que velan por sus hijos, de los legados dejados por las personas que quieren ayudar a sus amigos o del negocio que han creado otros magnates menos “comprometidos” (con el socialismo, se entiende) que preferirían que su obra perviviera durante generaciones sin verse saqueada. Lo que se esconde detrás de toda esta farsa es el deseo de disponer de más riqueza que la propia. Harían bien estos señores en repasarse el séptimo y el décimo mandamiento. Los actos de producir y ahorrar, tienen una naturaleza noble. Los de codiciar los bienes ajenos y robar, no.

Suele argumentarse que las herencias atentan contra el principio de igualdad de oportunidades. También Marx pedía su abolición, lo que nos indica por donde van los tiros. La igualdad de oportunidades es un principio exigido a la Administración Pública a la hora de contratar. Se trata de evitar la utilización del dinero público con fines personales. Pero, en el ámbito privado, la igualdad de oportunidades es una memez. Supone el fin de la libertad de elegir y actuar, es decir, el fin de una vida digna de ser vivida.

Quien considere que constituye un valor digno de protección el que yo no puedo enseñar a mi hijo francés hasta que todos los niños del mundo tengan su profesor; que Valeria Mazza no puede casarse con el amor de su vida hasta que todo pretendiente haya tenido su oportunidad equivalente (o sea nunca) o que en la Feria de San Isidro ningún torero puede repetir durante años hasta que cualquier maletilla haya tenido su oportunidad, debería pasarse por el loquero.

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