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Un plan no tan oculto

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Al principio fue la Conferencia sobre la Población en Río de Janeiro. Luego la Conferencia sobre el Cambio Climático en Kyoto. Ahora le toca el turno al Desarrollo Sostenible y el lugar elegido es Johannesburgo. El plan de la ONU sigue su curso. Primero, limitar el crecimiento de la población apoyando toda clase de planes contraceptivos, aborto incluido. Luego, encarecer al máximo la energía, limitando con ello la capacidad industrial y productiva del Mundo Desarrollado. Ahora, tratar de impedir el desarrollo tecnológico bajo la frágil coartada del “principio de prudencia”. Se trataría de no aplicar ninguna innovación hasta no estar absolutamente seguro de todas sus posibles consecuencias. Algo no precisamente barato, ni tampoco objetivo, pues siempre será posible aducir aquello de “todavía no está suficientemente probado” para bloquear cualquier descubrimiento. Sigue avanzando por tanto el plan radical humanofóbico que, pese a disfrazarse como preocupación medioambiental y humanitarismo solidario, ya sólo puede seguir engañando a quienes no tienen ojos para ver, ni oídos para escuchar.

Para conseguir sus propósitos, los ecologistas parecen haber tenido éxito en situar a numerosos peones en multitud de lugares estratégicos. En especial, organismos de Naciones Unidas y Departamentos de Medio Ambiente de casi todas las naciones, amén de en los medios de comunicación. Para quienes todavía los miran con simpatía, me permitiré reproducir algunas citas tan esclarecedoras como escalofriantes.

Ni más ni menos que el ex vicepresidente de los EE.UU. Al Gore, conocido adepto del movimiento neopagano New Age y de la corriente conocida como Ecología Profunda, mostraba sus dudas a la hora de elegir entre una vida humana y un árbol: “El yew del Pacífico puede se talado y procesado para producir un potente fármaco llamado taxol, que parece prometedor a la hora de curar diversas formas de cáncer de pulmón, pecho y ovarios en pacientes que, de otro modo, morirían en poco tiempo. Parece una elección fácil –sacrificar el árbol para salvar una vida humana– hasta que conocemos el hecho de que tres árboles han de ser destruidos por cada paciente, de que sólo los especimenes de más de cien años de antigüedad contienen el citado fármaco y de que ya quedan muy pocos de dichos árboles en la Tierra” (Al Gore en su libro “Earth on Balance”).

Que estamos ante una resurrección de los antiguos mitos paganos nos lo confirmaba el propio Gore en su alocución de Kyoto con motivo de la Cumbre sobre el Cambio Climático: “Hemos llegado a una etapa fundamentalmente nueva en el desarrollo de la civilización humana (...) en su relación con las demás especies y con el planeta. Nuestro reto fundamental ahora es descubrir si podemos cambiar los comportamientos que están causando el problema. Para hacerlo se requerirá humildad, porque las raíces espirituales de nuestra crisis son la soberbia y una incapacidad para comprender y respetar nuestras conexiones con la Diosa Tierra y con los demás”. Los subrayados son míos.

Tim Ream, uno de los líderes del grupo ecologista Earth First! (¡La Tierra primero!) ha escrito: “La Tierra es un ser viviente. Nuestra comunicación no está limitada a otros seres humanos o al lenguaje hablado. El mundo a veces responde a nuestras más sinceras intenciones de modos verdaderamente increíbles. En esta comunión, nuestro sentido de individualidad pierde rigidez. (...) Haremos bien en escuchar cuidadosamente a las gentes de las tribus pieles rojas que llevan a cabo prácticas espirituales como supervivientes del genocidio. Muchos indios americanos están dispuestos a compartir sus prácticas espirituales con gente realmente interesada. La gente de Earth First que dice “Ni Dioses, ni amos” acierta cuando se refiere al sistema capitalista supuestamente “cristiano”: “No rezamos al hombre blanco con barba del cielo que sólo permite a los varones ser sacerdotes y castiga a mucha gente con el fuego del infierno. Pero existen formas más amplias de concebir a los dioses y a las divinidades. (...) Aquí van algunas sugerencias: Demos gracias todos juntos a la Tierra y al Sol por la comida y el agua que nos alimenta. Demos gracias a la Tierra cuando acampamos en un lugar cualquiera. Tomémonos tiempo en nuestras reuniones para reconocer lo malvado y alienado de nuestra especie...” (En Tim Ream, In the Spirit of Earth First!)

Para los que todavía piensen que estas citas representan tan solo puntos de vista minoritarios dentro del movimiento, se aconseja visitar los bloques de estanterías dedicadas al movimiento New Age en cualquier librería. Encontrarán centenares de libros con esta misma cosmovisión. Mediante una extrapolación, tan inapropiada como reduccionista, de elementos tomados de la física subatómica, se sostiene que la realidad última no estaría constituida por cosas y cuerpos sólidos tal y como nos hace suponer nuestra conciencia cotidiana, sino por vibraciones, energías y movimientos ondulatorios. El universo sería pues una gran masa energética en permanente oscilación que sólo dejaría lugar a meras diferencias no esenciales.

A partir de ahí, esta característica vibracional de todo lo existente, se concibe como una hermandad de origen. Todo el cosmos está constituido por una misma materia. La vibración primera, divina, de la que todo ha emanado. Ergo, los minerales, los seres vivos, el hombre y Dios son todo vibraciones cada una de ellas en distintas frecuencias. Desde esta perspectiva, los planetas y las galaxias serían seres vivos dotados de emociones y sentimientos –vibraciones de frecuencias diversas– capaces de responder al cuidado o agresión de los hombres. Vamos, que si usted muere en una inundación o contagiado de tifus puede estar tranquilo, porque sólo está “cambiando de onda”.

New Age tiene, por tanto, su propia visión de la relación entre el hombre y el planeta a la que a veces se refiere como la Ecología Profunda. ¡Se niega la diferencia de fondo entre la existencia humana y la no-humana. Se habla de una igualdad biocéntrica por la cual una montaña, una flor o una tortuga tendrían el mismo derecho a la realización propia que un hombre! En esta resurrección pagana del panteísmo se considera que el cosmos está animado por un espíritu único o guiado por una conciencia universal de la que el hombre es meramente otro participante más. Es por ello que se fomenta el culto religioso a la naturaleza o a la Madre-Tierra como si fuera una realidad divina. Pobres Aristóteles y Santo Tomás.

A partir de ahí se llega a tachar al hombre de ¡intruso!, como una maldición para el cosmos, y se presiona para lograr de los gobiernos una legislación que disminuya la población humana y limite el desarrollo tecnológico para sanar al planeta. Usted se preguntará ¿Cómo es posible que el hombre sea considerado un intruso y un peligro, si es una parte de esa Naturaleza? La respuesta nos la da David M. Graber, del Servicio de Parques Naturales de los EE.UU. (otro funcionario de Medio Ambiente más) “Ni la felicidad humana, ni ciertamente su fecundidad, son tan importantes como un planeta salvaje. Sé que los científicos sociales me recuerdan que la gente es parte de la Naturaleza, pero eso no es verdad. En algún lugar de la línea evolutiva –hace un millón de años, o quizá quinientos mil– incumplimos el contrato [con la Naturaleza] y nos convertimos en un cáncer. Somos una plaga para nosotros mismos y para la Tierra. Es cósmicamente improbable que el mundo desarrollado opte por acabar con su orgía de consumo de combustibles fósiles, y que el Tercer Mundo detenga su suicida devastación de los bosques. Hasta el momento en que el homo sapiens decida reintegrarse a la Naturaleza, algunos de nosotros sólo podemos esperar que aparezca el virus adecuado”. También llama la atención que incluso entre bastantes cristianos se siga mostrando bastante receptividad hacia semejantes puntos de vista. Parece difícil comprender cómo conjugan su fe con la idea de que el hombre es la peor de las plagas y que no sólo no es Señor de la creación, sino aparentemente el único ser que no tiene derecho a desarrollarse...

Parece claro que van en serio, que son bastantes y que ya están bien situados. Más nos valdrá despertar si es que todavía estamos a tiempo. Quizás la proscripción del DDT y la masacre en términos de vidas humanas que esta prohibición ha venido produciendo como consecuencia de la generalizada reaparición de la malaria, no haya sido un efecto colateral no deseado. Con citas como las reproducidas, uno tiene razones de sobra para pensar mal.

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