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Los riesgos de la cumbre

Las verdaderas causas de la crisis no van a ser identificadas y, por tanto, la reunión de políticos va a resultar inútil y perjudicial. Eso sí, los partícipes se erigirán como reformadores del sistema financiero, del capitalismo, o de ambos.

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Terror, desconfianza e indignación son algunos de los adjetivos que califican mi reacción después de conocer la intención de los líderes políticos mundiales de replantear el capitalismo. Nada más y nada menos. En unas recientes declaraciones, Sarkozy, ni corto ni perezoso, afirma que desea refundar el capitalismo y, por tanto, convoca para noviembre una cumbre de máximos mandatarios políticos para reformar el sistema financiero internacional. Es decir, que presidentes, primeros ministros, burócratas y demás expertos en ingeniería social, quieren reunirse para organizar y regular el capitalismo del siglo XXI. Dicen esto y se quedan tan anchos.

A finales del XIX, Carl Menger (probablemente uno de los economistas más brillantes de la historia) dedicó buena parte de su tiempo a explicar el origen espontáneo y evolutivo de las instituciones sociales. El mismo Menger se pregunta cómo es posible que las instituciones que mejor sirven a la sociedad hayan surgido sin la intervención de una voluntad común y deliberada para crearlas. El dinero, el lenguaje o las instituciones jurídicas han surgido, no por designio deliberado de un grupo de hombres, sino por el resultado de multitud de acciones e interacciones humanas.

Y ahora, cien años después de las aportaciones de Menger, los llamados dirigentes mundiales se van a sentar en una mesa para analizar la actual crisis, y posteriormente, ellos solitos, van a reformular un nuevo capitalismo. Así por las bravas. Sin embargo, mucho me temo que estos políticos no van a intentar identificar las intervenciones estatales o concesiones de privilegios que, paulatinamente, han introducido en las distintas instituciones que componen el libre mercado. ¿Se imaginan a Sarkozy o a Merkel, afirmando que los bancos centrales (entre ellos el europeo) han generado una expansión crediticia no respaldada por ahorro real mediante la fijación de unos tipos de interés artificialmente bajos? ¿A Berlusconi o a Brown argumentando que la banca ha gozado de un privilegio contrario a los principios tradicionales del derecho que le permiten no conservar reservas por el 100% de sus depósitos? ¿Y al futuro presidente estadounidense señalando que la intromisión estatal en los mercados (por ejemplo, a través de Fannie Mae y Freddie Mac) para lograr fines políticos ha generado incentivos y señales erróneas en los agentes económicos?

Desde luego, no soy capaz de concebir que todo esto vaya ocurrir y, por el contrario, sí me imagino que, una vez finalizada la famosa reunión, podremos escuchar de boca de cualquier político que las causas de la crisis son la falta de regulación del sistema financiero, la exacerbada ambición de los banqueros, los altísimos salarios de los directivos (esos que producen sarpullidos a Zapatero, según él mismo dijo), la especulación y los complejos productos financieros que fueron desarrollados para ocultar operaciones de dudosa legalidad.

Ojalá fuera infundada mi reacción inicial de terror, desconfianza, e indignación ante la noticia de semejante cumbre de máximos dirigentes. Pero me da la impresión de que las verdaderas causas de la crisis no van a ser identificadas y, por tanto, la reunión de políticos va a resultar inútil y perjudicial para el bienestar de todos. Eso sí, los partícipes se erigirán como reformadores del sistema financiero, del capitalismo, o de ambos. Porque dudo mucho que se dediquen a leer a Menger durante estas semanas. Al menos, tengo esa intuición.

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