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Censura democrática

La democracia entendida al modo cafre y castizo tiene esos inconvenientes: acabará con el régimen de libertad, y ya ha instaurado la nueva censura que permite sortear los aspectos más desagradables de una realidad que se niega cuando conviene.

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La pitada al Rey y a la Marcha Real en Mestalla ayuda a aclarar un debate que ha tenido lugar en estas mismas páginas de Libertad Digital acerca de los posibles parecidos entre la Restauración de 1876, la canovista, y la reinstauración de la Monarquía en la persona del Rey Juan Carlos. A pesar de que en algunas ocasiones se temió lo peor, como en una famosa visita de Alfonso XIII a Barcelona, parece inconcebible que en aquel régimen de hace ya un siglo el Rey hubiera sufrido una circunstancia tan poco afortunada.

¿Por qué? Porque entonces la Monarquía constitucional estaba basada en un pacto firme acerca de las instituciones, un pacto que duró no menos de treinta años. El pacto en el que se basa la actual Monarquía parlamentaria es distinto. Algunos de quienes lo suscribieron se reservaron la libertad de ir variándolo, o transgrediéndolo, en función de las circunstancias. Es lo que ha pasado con los nacionalistas y con el PSOE, que desde entonces ha tensado la cuerda de la alianza con el separatismo cuando le ha convenido, y que no duda en incumplir las leyes y la Constitución allí donde le interesa, como ocurre en Cataluña con la cuestión educativa y el derecho a la enseñanza en español.

Curiosamente, lo que permite este estado de cosas es la legitimidad democrática de la actual Monarquía parlamentaria. La Restauración era un régimen liberal –es decir de limitación del poder– y de elites. La Monarquía parlamentaria es, en cambio, un régimen democrático, de participación, y como parece que los españoles no hemos acabado todavía de aprender en qué consiste el frágil equilibrio entre libertad y participación política, aquello que puede estar respaldado por una mayoría, aunque sea una salvajada, adquiere el marchamo de lo indiscutible.

¿Y qué puede ser más democrático y por tanto más legítimo –más normal, como se ha dicho– que varias decenas de miles de personas, por así llamarlas, abucheando los símbolos de aquello mismo que les permite hacer lo que están haciendo? Para rizar el rizo de esta hiperdemocracia en la que vivimos, se hurtó a los espectadores del evento la posibilidad de contemplar la pitada y de ver la llegada del Rey al acto y escuchar el himno nacional. La democracia entendida al modo cafre y castizo tiene esos inconvenientes: acabará con el régimen de libertad, y ya ha instaurado la nueva censura que permite sortear los aspectos más desagradables de una realidad que se niega cuando conviene. Eso sí, podemos presumir de participaciones aplastantes. ¿Alguien se imagina si pasara algo remotamente parecido en Estados Unidos o en Gran Bretaña? 

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