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El sueño de Bush

En contra de lo que se ha dicho, pocos presidentes habrá habido en la historia de los Estados Unidos más proclives al diálogo y al pacto. Más proclives o más obsesionados.

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Bush empezó bien. Gracias a sus bajadas de impuestos, salvó el desastre inesperado de la quiebra de Enron, la gran empresa energética texana, y el más previsible del pinchazo de la burbuja tecnológica. Acaba como empezó hace ocho años, pero mal, sin haber podido parar una crisis financiera y económica como no se veía otra desde hace ochenta años.

Y sin embargo, desde otra perspectiva, la presidencia de Bush ha terminado bien, muy bien incluso. Al final, cuando casi todo estaba ya dicho y acabado, Bush habrá hecho realidad un sueño largamente acariciado durante sus dos mandatos: conseguir el consenso, o lo que en Estados Unidos llaman el bipartidismo. Un consenso casi perfecto, aunque sea en torno a su salida y a la llegada a la Casa Blanca del nuevo presidente y su equipo de Gobierno.

Bush estuvo a punto de conseguir este sueño con su gran ley de educación, que patrocinó Edward Kennedy por el Partido Demócrata. También lo rozó con sus reformas sobre la sanidad. Apeló a él para declarar la guerra contra el terrorismo, tras el 11-S, y aunque desde el primer momento estuvo dispuesto a asumir solo la decisión, nada le habría gustado más –y no sólo por mero cálculo político– que un más amplio respaldo a la invasión de Irak.

Su política de inmigración, movida por convicciones de fondo acerca de la capacidad de integración del sueño americano tal como él mismo creyó encarnarlo, fue dinamitada, pero no por los demócratas sino por su propio partido, que en aquel mismo instante se suicidó electoralmente. Bush se ha arrepentido ahora de no haber dado prioridad a esta reforma, la de las leyes de inmigración, con respecto a otras que también resultaron un fracaso, como la reforma de las pensiones o de la Seguridad Social. Para ello, claro está, tendría que haber conseguido un respaldo más amplio dentro de su propio partido. Eso sí, dejó de luchar pronto y a cambio de que le aprobaran medidas poco populares entre los republicanos, apenas hizo uso del veto presidencial contra las decisiones del Congreso.

En contra de lo que se ha dicho, pocos presidentes habrá habido en la historia de los Estados Unidos más proclives al diálogo y al pacto. Más proclives o más obsesionados. Cuando el nuevo presidente haya culminado una transición modélica en la colaboración entre las dos administraciones, y cuando entre en funcionamiento un equipo con nombres republicanos, alguno de ellos de la administración Bush, Obama habrá heredado la actitud de su antecesor y hecho buenos sus deseos.

Es probable, aunque no seguro, que la presidencia de Bush haya puesto punto final a un ciclo republicano y liberal-conservador de treinta o cuarenta años. También es posible que dé paso a por lo menos ocho años de hegemonía política demócrata. Pero Bush lo habrá hecho todo en nombre del bipartidismo y del consenso. Soñar nunca sale gratis.

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