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Los liberales y el derecho a la vida

Lo que un liberal debería exigir es que las leyes, cuando tratan de asuntos tan delicados como el aborto, traduzcan un consenso lo más amplio posible y no un proyecto intervencionista, de corte ideológico.

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Parece que a veces identificamos el liberalismo con la libertad para hacer lo que a cada uno le venga en gana. No pretendo sentar plaza de liberal, ni ofrecer una defensa a ultranza del liberalismo como doctrina. Pero me parece muy claro que no es así, y buena prueba de ello es que ni el más furibundo libertario se atrevería reivindicar la práctica de la muerte.

Una ley que condene el aborto, como la que ha habido hasta ahora, no prejuzga absolutamente nada sobre la conducta de las mujeres (ni de los varones), pero sí pone un límite a la acción de los futuros progenitores. Lo que las mujeres crean antes de dar finalmente a luz no les pertenece. Tampoco les pertenecerá después la vida de sus hijos. El hijo por nacer no es propiedad de su madre, como después no puede hacer lo que quiera con la vida de su hijo ya nacido. Puede, como señala la ley actualmente en vigor, que haya casos que permitan justificar una intervención tan brutal como el aborto. De ahí a suponer que esa práctica es un derecho de las mujeres va un abismo que no hay por qué desconocer, y mucho menos saltarse.

Sin necesidad de recurrir a argumentos religiosos, está firmemente establecido –incluso por el sentido común– que la vida que una futura madre lleva en su seno es independiente de ella. El futuro niño, aunque esté en simbiosis con la madre, no forma parte de su cuerpo, y aunque se pueda argumentar –cosa discutible– que cada uno puede hacer con su cuerpo lo que le quiera, no es de recibo afirmar que ese derecho ampara también cualquier acción de la madre con respecto al futuro niño.

En mi opinión, lo que un liberal debería exigir es que las leyes no vayan contra el sentido común, que se cumplan –algo que no se ha hecho desde que se promulgó la actual– y además, que las leyes, sobre todo cuando tratan de asuntos tan delicados como este, traduzcan un consenso lo más amplio posible y no un proyecto intervencionista, de corte ideológico, destinado a transformar una sociedad sin su consentimiento.

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