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Los nuestros

El hecho es bien sencillo: si España deja por fin de querer ser lo que nunca fue, es decir una nación, el nacionalismo pierde sus aristas más feroces. La selección nacional se ha convertido en la roja sin cambiar de colores.

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Los nuestros, al parecer, iban a merendar suizos el pasado miércoles aunque al final los dichosos suizos se les atragantaron... Es de las muchas sandeces que se han escuchado y leído en los días previos al partido de la roja, nuevo nombre, como es bien sabido, de la selección nacional de fútbol.

Sea cual sea el resultado de la estancia de los nuestros en Sudáfrica, lo interesante –desde una cierta perspectiva– es que la selección española ha logrado una forma de unanimidad que ha barrido cualquier discusión acerca de los símbolos y las expresiones de lealtad. Entre los miembros de la roja hay conocidos iconos del catalanismo más rabioso, pero no se han distinguido por eso, ni nadie –nadie con convicciones nacionalistas, quiero decir– les ha negado su categoría de portadores de la antorcha española. Y la bandera de España ha lucido mucho más que lo que lo ha hecho en muchos años.

El fenómeno se puede interpretar de muchas maneras. Por una parte, como una demanda de España y de ciertas formas de adhesión que parecían superadas y que vuelven –y volverán con más fuerza– a medida que la globalización, por una parte, y la crisis, por otra, sigan desarrollándose.

También coincide con un momento en el que, bajo el Gobierno de Rodríguez Zapatero, se ha desactivado, al menos en parte, el problema nacional. En realidad, el proceso de deconstrucción de la nación española iniciado poco después de instaurada la democracia ha tomado un giro inesperado. No se ha reconducido la situación hacia la recuperación de la idea nacional, pero sí se ha abierto un nuevo camino que conduce a algo típico de la era Zapatero, como es la España postnacional: una comunidad política sin más identidad que la civil, y que sería capaz, en consecuencia, de integrar las diversas identidades y lealtades nacionales que nos caracterizarían como españoles. El problema que siempre planteaba la famosa fórmula de nación de naciones desaparece por disolución de su primera parte, que deja paso a algo así como un país o una comunidad de naciones. Si alguien no lo remedia, parece que eso es lo que va a ser España a partir de ahora.

El primer efecto de este paso fue la recuperación de los símbolos, vaciados de su contenido nacional. Ya no hay miedo a los colores de la bandera, ni a la bandera en sí misma, y al Gobierno se le llama "Gobierno de España" con toda naturalidad porque España no es ya algo superior a cualquiera de sus partes, ni tiene por qué imponerse a ninguna de ellas. Entre el Gobierno de España y el de Cataluña o el de Andalucía no hay rivalidad ni competencia: no sólo no designan lo mismo, sino que lo que designan forma parte de planos distintos de realidad, que no compiten entre ellos.

Por otra parte, la experiencia de una España postnacional coincide con una desactivación si no del nacionalismo, sí de cierta tensión separatista. Descartada cualquier posibilidad de relato nacional español, los nacionalismos locales se quedan sin fantasma del que alimentar su propia narración. El hecho es bien sencillo: si España deja por fin de querer ser lo que nunca fue, es decir una nación, el nacionalismo pierde sus aristas más feroces. La selección nacional se ha convertido en la roja sin cambiar de colores y los nuestros lo son de otra forma, aunque la decepción del miércoles indica que no hemos alcanzado todavía el grado de universalidad y ecumenismo que se requiere.

Los desafíos que plantea todo esto son múltiples y de muy diversa índole. Habrá quien piense, no sin argumentos, que se trata de un experimento imposible, capaz de arruinar, además, la supervivencia de la democracia liberal en un país que habrá dejado de ser el nuestro de una forma tan original.

Hay que reconocer, no obstante, que el paso era complicado y arriesgado de dar, y que Rodríguez Zapatero ha conseguido algunos objetivos importantes. Con la rehabilitación de los símbolos, aunque sean ex nacionales, ha roto tabúes que parecían intocables, como ha hecho con la reforma laboral. Para todo hay que tener audacia.

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