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José María Marco

Madrid a la (derecha) madrileña

Se está consolidando una renovada identidad madrileña, vivida en buena medida contra el socialismo.

José María Marco
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Se está consolidando una renovada identidad madrileña, vivida en buena medida contra el socialismo.
Rocío Monasterio y Santiago Abascal, en el mitin de cierre de campaña de Vox. | Europa Press

La campaña electoral madrileña ha sido, sin duda, una de las más fascinantes de la historia reciente de España. Pocas veces han ocurrido tantas cosas, y tan relevantes para Madrid, para la vida española y, también, para reordenar corrientes políticas profundas.

Para empezar, son las primeras elecciones en las que se juzga, con una repercusión nacional, la catastrófica gestión de la pandemia y de la crisis realizada por el Gobierno social-podemita de Sánchez, en alianza con separatistas y filoetarras. Además, las provocó, al parecer sin darse cuenta de lo que ponía en marcha, la propia Moncloa en una maniobra con Ciudadanos. Con su auto-moción de censura en Murcia –y el regalo de la alcaldía de Murcia al PSOE–, Ciudadanos tal vez haya acabado por destruir la sucinta y somera posición que le quedaba después de haber abandonado Cataluña. Es uno de los partidos que se ha jugado su supervivencia en esta campaña: un primer signo de que se ha cerrado el ciclo de ruptura regeneracionista iniciado como consecuencia de la primera crisis y que tantas esperanzas –no compartidas por quien esto firma– suscitó en su día.

Tal vez el PSOE quiso redorar sus credenciales centristas, pero para ello tenía que haber previsto un candidato más atractivo que el que ha lucido en Madrid. Prueba evidente de la improvisación, la ceguera y el vacío estratégico con los que el PSOE encaró una campaña en la que ha cambiado por tres veces –como mínimo– de táctica. No ha sido Inés Arrimadas el único líder mudo y desaparecido en campaña, ante el más que probable fracaso de su candidato. Lo que empezó como una ofensiva nacional contra Díaz Ayuso ha acabado convertido en una casi patética petición de ayuda al exvicepresidente, y en el respaldo sin fisuras a la brutalidad exhibida por su formación política. Nunca lo que el PSOE piensa de Madrid había quedado explicitado con tanta claridad.

Por la izquierda, queda por explicar la espantada de Iglesias, que deja un puesto de primera categoría para representar a un grupo secundario en una Asamblea regional. Como resulta imposible creer que Iglesias se inmole por amor al arte, seguramente habrá un pacto, entre podemitas y monclovitas, que no tardaremos en conocer. El caso es que tampoco parece que hubieran previsto la tozudez de Más Madrid, bien situado para saborear una venganza largamente esperada. Es posible que hubiera sido más intensa y sabrosa de haber evolucionado Más Madrid hacia una izquierda woke menos primitivamente marxista, como lo sigue siendo. En cualquier caso, parece haber actuado, además de la incitación a la venganza, como refugio para un votante de izquierda desconcertado con un PSOE que estaría agotando su tradición antinacional y antidemocrática (primera y original, en contra de lo que se sigue diciendo). Cambios gigantescos, como se ve, que comprometen toda la situación de la izquierda española.

El aterrizaje de Iglesias también tuvo consecuencias entre sus adversarios ideológicos. El cerrilismo exhibido por el podemita desinhibido contribuyó a proyectar una luz dramática, y no deseada, sobre la propuesta y Rocío Monasterio, la candidata de Vox, ya de por sí castigadas por una mentalidad que se resiste a aceptar la existencia de una alternativa cultural y política al progresismo.

De rebote, Iglesias impidió –aún más de lo previsto– que el PP polemizara con Vox. Se conforma así un posible reparto de papeles que puede ser beneficioso para ambos, y sobre todo para la sociedad española, en el futuro, aunque no habría que olvidar que la dimensión nacional de estas elecciones no borra del todo su categoría regional. Díaz Ayuso es un fenómeno madrileño, aunque vaya a tener efectos en las políticas de otras comunidades gobernadas por el PP. No será fácil replicar a nivel nacional el atractivo de la presidenta, conseguido –además de por sus valientes dos años de gestión– por el ataque implacable a la que la ha sometido el Gobierno central. Parece que tampoco en esto los monclovitas habían previsto que podían crear un mito y, además, consolidar una renovada identidad madrileña, vivida en buena medida contra el socialismo. De ahí a que la derecha se emancipe de una vez de su sempiterno papel de gestor de las ocurrencias de la izquierda media muy poco.

Mañana podremos comprobar cómo estas tensiones, algunas de ellas muy de fondo, cristalizan en una situación política nueva.

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