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Todos liberados

Una parte importante de la sociedad española se afana por engrosar las filas de los emancipados del trabajo, de los liberados, en jerga sindical. ¿Por qué Rodríguez Zapatero, el PSOE y los sindicatos querrán contrariar a la sociedad?

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Son muchas las maneras de pensar en el paro.

En primer lugar, el paro es una desgracia personal que alcanza la dimensión de tragedia cuando el parado se instala en el desempleo de larga duración que le conducirá sin remedio a la precariedad económica, a la dependencia como forma de vida y a la pérdida de seguridad en sí mismo.

Esta desgracia, o esta tragedia, es a su vez el resultado de una crisis económica y, en la dimensión española, de un mercado de trabajo diseñado para impedir el acceso al empleo estable de quienes aspiran a trabajar (de ahí la famosa precariedad laboral) y, en principio, para defender a los ya empleados de cualquier amenaza o contingencia. El resultado de esta sobreprotección es el contrario al esperado: no sólo no se crea trabajo, es que se destruye mucho más que en otros países.

Más allá de todo esto, las características del paro en España –en particular sus cifras descomunales y su carácter estructural, de larga duración– llevan a pensar que el paro es consecuencia de un diseño social especial. Vivimos en una sociedad que ha hecho del trabajo una simple forma de ganarse la vida, sin más: no una prioridad, sino un medio, cuando no un castigo. Cuando se oye hablar del trabajo en España, solemos escuchar quejas y exabruptos. Se huye del trabajo en la medida de lo posible. Incluso llega a estar mal visto. Quien trabaja mucho es un imbécil, un pringado o un codicioso, algo siempre denostado por estos pagos, más que nunca en estos tiempos de supuesta crisis de valores, cuando pululan los mercachifles de moralina barata.

Así que nos merecemos no trabajar, salimos de estampida en vacaciones, contamos los días para el próximo puente, no queremos ninguna responsabilidad y dejamos el puesto de trabajo medio minuto después de la hora fijada, ocurra lo que ocurra. Hay gente a la que jubilan –y es considerado un modelo digno de imitar– con menos de cincuenta años. El absentismo laboral, que ha disminuido un poco con la crisis, es el más alto de los países desarrollados y la productividad, de las más bajas.

En resumen, una parte importante de la sociedad española se afana por engrosar las filas de los emancipados del trabajo, de los liberados, en jerga sindical. A nadie le extrañará que tantos españoles acaben en el paro. A veces no hay nada peor que los deseos cumplidos. Y en cuanto a la dimensión política de este estado de ánimo, ¿por qué Rodríguez Zapatero, el PSOE y los sindicatos querrán contrariar a una sociedad que ha visto realizarse uno de sus sueños más anhelados? 

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