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José T. Raga

Cuando el ahorro no es virtud

Preocúpese, señor vicepresidente, del ahorro de las administraciones públicas, necesario para amortizar deuda pública, en vez de vivir tranquilamente en déficit continuo, que lesiona la economía de las generaciones más jóvenes.

José T. Raga
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Nunca es virtud cuando el sujeto que desarrolla la supuesta acción virtuosa, obra obligado por un acto autoritario de quien es más fuerte o de quien le puede sancionar, así como tampoco lo es cuando la actuación se desarrolla en un escenario de miedo insuperable o, simplemente, cuando no existe otra alternativa. Para que la actuación del hombre sea virtuosa, tiene que darse en un clima de plena libertad, desde la cual el sujeto elige la virtud frente a la su contraparte del vicio.

Pagar impuestos, por ejemplo, sólo será virtuoso cuando el sujeto lo haga de buen grado, consciente que con ello contribuye al bien común de la sociedad y de sus individuos. Lo otro, si se pagan sólo por miedo a la sanción que puede derivarse de su omisión, se trata de una acción desarrollada por obligación legal y no por sentirse obligados en conciencia. Cuando no matamos, no robamos, no ultrajamos, no injuriamos, no es porque el Código Penal lo prohíbe, sino porque en lo más íntimo de nuestras conciencias repudiamos tales acciones, siendo ésta y no la otra la razón de nuestro alejamiento de tales conductas.

Cuando el señor Pérez Rubalcaba diseña con maleficio una política coactiva para obligar a ahorrar a los ciudadanos, éstos, lejos de pensar que están siguiendo los pasos virtuosos de la austeridad, alejándose del derroche y de la prodigalidad, viven como único referente la coacción de un poder autoritario sobre su personal esfera de decisión. En otras palabras, se siente coaccionado, se siente humillado, se siente desproveído de su intimidad y se siente privado de su capacidad de decidir.

Lo que peor llevo yo de las dictaduras, aunque estén revestidas de democracia por el simple hecho de la elección en las urnas –al fin y al cabo, también Adolf Hitler fue en su momento elegido por ese procedimiento–, es que me convenzan de lo que más me conviene, que me obliguen a abrazar su esquema de bondad y a renunciar a lo que ellos consideran que me resulta perjudicial. Yo, y sólo yo, tengo el derecho a elegir y a equivocarme o a acertar, porque mi gran atributo es la libertad; una libertad que tengo, no porque me la ha concedido el señor Pérez Rubalcaba sino por mi propia condición humana. Y si el vicepresidente primero no fuera tan autoritario, lo único que debería hacer es respetarla y garantizar su ejercicio.

Su último proyecto de reducir en diez kilómetros el límite máximo de velocidad en autopistas y hacerlo para que yo ahorre, porque está claro que no soy capaz de saber lo que más me conviene, es una ofensa a la condición de racionalidad de las personas, y un ultraje a su libertad, mancillada por la imposición abusiva del ejercicio de un poder que no está, como es su obligación, al servicio del bien de la comunidad, sino a los objetivos, las más de las veces caprichosos, de quien detenta el poder. Preocúpese, señor vicepresidente, del ahorro de las administraciones públicas, necesario para amortizar deuda pública, en vez de vivir tranquilamente en déficit continuo, que lesiona la economía de las generaciones más jóvenes, que son las que tendrán que pagar la deuda contraída.

¿Por qué considera el señor Rubalcaba que yo debo de preferir comer carne que consumir gasolina? ¿Quién es el señor Rubalcaba para inmiscuirse en mi esfera de elección, que sólo debe de estar informada por mis preferencias racionales? Tengo que hacerme el ánimo de que son los abusos lógicos de quien sabe todo de todos. Sólo por esa afirmación pública, este señor debería de haber desaparecido de la esfera pública y, para bien de todos, disfrutar de un generoso retiro en alguna paradisíaca isla, alejada de todos los conocidos de quienes tanto sabe.

Si esto es un atropello, no deja de ser una insensatez la ocurrencia del señor Sebastián, ministro de Industria y algo más, pretendiendo cambiar todas las bombillas del alumbrado público en carreteras y en ciudades. ¡Pero señor mío, si ya pasó usted por una aventura de bombillas chinas, que sólo por vergüenza debería mantenerle apartado de semejante artificio para el resto de sus días! Mas acertada está su idea de cerrar unas horas antes las oficinas de la Administración Pública, y más lo estaría si se tratara de cerrarlas por completo y definitivamente.

Para complicar más las cosas, y como en este Gobierno nadie está quieto, aunque tampoco se sabe para qué se mueven, después de toda la fustigación en pro del ahorro, salen los de Economía advirtiendo de que la economía española tiene un ahorro excesivo y que lo que tienen que hacer los particulares es consumir más, como única fórmula para avivar los rescoldos de nuestra economía. Otro, diciendo lo que tenemos que hacer los particulares. ¿Sabe el señor Campa lo que piensan los españoles sobre su futuro próximo y remoto? ¿Sabe el peso que tiene en la imagen personal de nuestra economía, la percepción de desconcierto y de inseguridad, en una política de parches, en un hacer al tiempo que ya se deshace, en definitiva en una vida que discurre por un itinerario con destino a ninguna parte? ¿Le va a decir usted, a quien así vive, que debe de gastar más y disminuir su volumen de ahorro? ¿Será usted quien le ponga la red al trapecista para protegerle de una posible caída?

¿Por qué no respetan a las personas en su esfera de decisión, habida cuenta de que las suyas, sus decisiones, han provocado el caos, la desconfianza y la desolación de tantas gentes? Ya que lo han hecho tan mal, por vergüenza, deberían ustedes de respetar a ese pueblo que sufre y no venir con gazmoñadas acerca de lo que tienen que hacer para que todo vaya mejor, porque aún resultará que la culpa de la situación económica, social y política de nuestra España es de los sufridos españoles que no saben como actuar en situaciones como esta.

Sólo una petición me resta: ¡Déjennos en paz, de una vez!

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