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Cuando prevalece el populismo

La opción del señor presidente es otra: mantener los gastos, suntuarios en unas ocasiones y con fundadas sospechas de corrupción en otras, exigiendo mayores sacrificios a los que nada pueden objetar, pues, hasta en eso, son pobres.

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Vaya por delante una opinión personal, fruto del análisis de personas, circunstancias y consecuencias: el recurso al populismo es el refugio de los necios. En efecto, porque sólo el necio confía en el olvido pleno y duradero, y sólo el necio considera la nula valoración del sufrimiento de una comunidad por parte de quienes lo padecen. Sólo el necio, también, es el único capaz de engreírse por los vítores irracionales de un pueblo exaltado por filípicas populistas, sin ponderar el derrumbe que puede producirse al disminuir la temperatura del clamor popular.

Provocar el populismo, fomentarlo mediante signos, símbolos, consignas o proclamas es apostar por lo perecedero –el ejercicio del poder– frente a lo permanente –la estima personal, la afirmación de la propia dignidad, el reconocimiento histórico de la labor realizada. El populista, al ejercer su vocación como tal, construye un escenario vital en el que él se convertirá en el rehén más significativo. Mentirá con semblante alegre, aunque como a cualquier ser humano, la mentira le resulte repulsiva. Engañará sin piedad, pues su misión es provocar una falsa complacencia en ese pueblo del que espera las muestras de apoyo incondicional a su caudillaje.

Sólo en ese escenario populista se puede afirmar, sin parpadeo ni vergüenza, que se ha tocado fondo en una crisis económica, que en España sigue destruyendo empleo, con tasas negativas en la evolución del PIB, con grave contracción de la capacidad económica de los hogares y dificultades, en ocasiones insalvables, para una vida ordenada en garantía de poder satisfacer las necesidades de las personas; es decir, aquello que los clásicos definían como el honeste vivere. Es tan superflua y arrogante semejante manifestación que quien así la proclama no es consciente de que, afirmar durante más de seis meses que lo peor ya ha pasado, que hemos tocado fondo, obliga a pensar por pura lógica que nos hemos hundido en el fango de los fondos, y que en él vamos a permanecer por tiempo indeterminado.

Sólo desde el populismo se puede apelar a la solidaridad, en un mayor sacrificio impositivo, dejando entender que será el sacrificio de los ricos el que vendrá a solventar el problema de los pobres. Se habla para ello del mayor gravamen a las rentas del capital, o de la elevación del gravamen en la imposición sobre la renta al segmento de población con ingresos más elevados. Cuando todos sabemos que las rentas más elevadas disponen de instrumentos legales para eludir estos gravámenes, y que el capital huye despavorido a otras residencias cuando se le somete a un gravamen superior en su país de origen. Con lo cual, alguien se dará cuenta de que todo aquello que se le dice, no son más que palabras en busca de un refrendo desinformado, ciego y que serán las rentas medias y bajas las que acaben aportando los recursos adicionales que precisan unas administraciones torpes y despilfarradoras. De momento ya estamos dispuestos a eliminar la bonificación de los cuatrocientos euros, de gran significación para los pobres y de nula importancia para los ricos, y a incrementar los impuestos indirectos –IVA, carburantes, alcoholes, tabaco, etc.– que gravan en mayor medida a las rentas bajas, por ser las que mayor porcentaje de renta dedican al consumo.

¡Qué poco han aprendido las administraciones públicas de lo que vienen practicando las economías familiares desde el origen de los tiempos! Algo tan sencillo como contener el gasto cuando se reducen las rentas. Desde mi benevolencia, he llegado a considerar que si esta práctica no era habitual en el sector público era por falta de imaginación o de un análisis detenido; de aquí que me brindase a ayudar definiendo un elenco de gastos cuya reducción podría ser absoluta, es decir a cero, sin menoscabar el bienestar social y menos aún el de los más necesitados, aunque eso sí, reduciendo prebendas a los ya poderosos. La opción del señor presidente es otra: mantener los gastos, suntuarios en unas ocasiones y con fundadas sospechas de corrupción en otras, exigiendo mayores sacrificios a los que nada pueden objetar, pues, hasta en eso, son pobres.

¿Merecen estas acciones el calificativo de política? ¿Dónde está la consideración a la polis, a la ciudad, a la nación, al pueblo? Como máximo, se contempla a la masa, a la que es manipulable mediante el populismo, con lo que de insulto para las personas singulares tiene esta afirmación. Sin embargo las personas, las únicas capaces de sufrir o de satisfacerse, esas, están ausentes en la consideración de lo que se viene llamando política. No necesito decirlo, pero no cabe política sin objetivos definidos y sin medios determinados y eficaces para alcanzar aquellos objetivos. ¿Han visto, o han oído, algo que se parezca a esto? Pues bien, hasta que eso ocurra no tienen ustedes una política de la que puedan esperar unos resultados que les puedan ser favorables.

Ya ven ustedes cómo reacciona un personaje, que se le supone político, es decir comprometido con la comunidad, –sin ir más lejos el señor ministro de Trabajo– ante la inmediatez de que la tasa de desempleo sobrepase el 20% de la población activa. La docta aseveración que sale de su boca es que se llegará a esa cifra si sigue creciendo la población activa. Esta afirmación, en una situación de autoridad consciente y responsable, supondría el cese inmediato de quien así se pronuncia. El señor Corbacho, sagaz como nunca, considera que todo aumento de la población activa lo será de sujetos en paro; sólo así, el crecimiento de una –población activa– supondrá necesariamente el aumento de parados y por tanto de la tasa de desempleo.

Es todo un ejemplo de una política ausente de objetivos, es decir, la misma negación de la política. ¡Como para seguir confiados y esperanzados en la acción pública para resolver el problema más grave de nuestra España de hoy: el desempleo! Y esto, el ministro del ramo; vayan ustedes a saber lo que pensarán los demás. Y es que el populismo es, por naturaleza, despiadado; no le importa lo que pasa, ni quién, ni cuánto sufre lo que esta pasando. No en vano, el señor Corbacho se ha hecho acreedor del apelativo de "ministro del Paro".

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